Edición 247 Domingo 28 de octubre de 2001

Opinión

La verdad de los medios de comunicación


• Pbro. Antonio García Rangel

“Entre los maravillosos inventos de la técnica que, sobre todo en nuestros tiempos, ha extraído el ingenio humano, con la ayuda de Dios, de las cosas creadas, la madre Iglesia acoge y fomenta con peculiar solicitud aquellos que miran principalmente al espíritu humano y han abierto nuevos caminos para comunicar con extraordinaria facilidad noticias, ideas y doctrinas. Entre tales inventos sobresalen aquellos medios que por su naturaleza no sólo pueden llegar y mover a cada uno de los hombres, sino a las multitudes y a toda la sociedad humana, como la prensa, el cine, la radio, la televisión y otros semejantes, que por ello pueden llamarse con razón medios de comunicación social» (Concilio Vaticano II, Medios de Comunicación Social, n. 1, 1963).

Ciertamente la Iglesia aprecia en todo lo que valen los mass media (Medios de Comunicación Social), por el grande bien que se puede hacer con ellos. Nunca ha dejado la Iglesia de hablar sobre la moral que envuelve los medios de comunicación, y de sugerir ideas importantes para su recto uso, y sobre los grandes alcances y metas que se puede conseguir con ellos.

La verdad es uno de los grandes objetivos que hay que tener en cuenta, y es al mismo tiempo el camino que hay que seguir para que los medios cumplan con la gran tarea que tienen en medio de la sociedad. Nadie puede utilizar los medios de comunicación al margen de la verdad, ni mucho menos en contra de la verdad. Eso automáticamente los corrompe y los convierte en dañinos; y en lugar de servir al hombre se volverían contra el hombre mismo, serían enormemente destructivos.

¿De qué le serviría a la sociedad estar informada de cosas que no son ciertas? ¿Para qué sirve conocer falsedades y permanecer engañados? Uno de los grandes derechos fundamentales del hombre es conocer la verdad y, por lo tanto, ser informado con la verdad y ser enseñado con la verdad.

Siempre ha sido una gran tentación mentir y engañar, levantar falsos y calumnias, difamar. Si los medios de comunicación se utilizan con estos fines, entonces simplemente crecen casi al infinito las mentiras, los engaños, los falsos, las calumnias y las difamaciones; y se desnaturaliza a los medios de comunicación convirtiéndolos en instrumentos de la mentira y del engaño.

En cambio, cuando la verdad es la regla de oro de la comunicación, entonces el bien que se puede hacer es inmenso. Por eso, la Iglesia continúa diciendo: «La madre Iglesia sabe que estos medios, rectamente utilizados, prestan ayudas valiosas al género humano, puesto que contribuyen mucho al descanso y cultivo de los espíritus y a la propagación y consolidación del Reino de Dios; sabe también que los hombres pueden utilizar tales medios contra el propósito del Creador y convertirlos en su propio daño; más aún, siente materna angustia, dolorida por los daños que de su mal uso han surgido con demasiada frecuencia para la sociedad humana» (Íbidem, n. 2).

El Papa Juan Pablo II, tomando pie de aquellas palabras de Cristo: «Lo que os digo de noche, decidlo en pleno día; y lo que escucháis al oído, pregonadlo desde la azotea» (Mateo 10, 27), dice: «En el mundo de hoy, todos los terrados, casi siempre, se nos presentan como un bosque de transmisores y antenas, enviando y recibiendo mensajes de todo tipo, a y desde los cuatro costados de la Tierra. Es de primordial importancia asegurarse de que, entre esos mensajes, no falte la Palabra de Dios. En la actualidad, proclamar la fe desde los terrados significa hablar con las palabras de Jesús, en y a través del dinámico mundo de las comunicaciones» (Jornada Mundial de las Comunicaciones, 27 de mayo 2001, n. 1). Y esto no por razones meramente religiosas, sino porque, si la verdad es el camino, y la regla para los medios de comunicación, el Evangelio, la Palabra de Dios, es la primera y gran Verdad que ilumina el camino y la vida de los hombres. Y es que viviendo conforme a esta verdad se arreglan todos los problemas del hombre: sociales, políticos, económicos, etc. Y además, el hombre alcanza la salvación, pues la verdad de Cristo es una verdad salvadora. Por eso urge que todos los hombres conozcan a Jesucristo, Palabra del Padre.

Con toda razón prosigue el Papa diciendo: «En todas las culturas y en todos los tiempos -ciertamente en medio de las transformaciones globales de hoy en día- las personas se hacen las mismas preguntas fundamentales sobre el sentido de la vida: ¿quién soy? ¿de dónde vengo y a dónde voy? ¿por qué existe el mal? ¿qué hay después de esta vida?» (cfr. Fides et Ratio, n. 1). Y en cualquier período, la Iglesia ofrece la única y definitiva respuesta satisfactoria a las preguntas más profundas del corazón humano -el mismo Jesucristo «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre su altísima vocación»- (Gaudium et Spes, n. 22). Por lo tanto, los cristianos no deben nunca permanecer callados, el Señor nos ha confiado la palabra de salvación que todo corazón humano anhela. El Evangelio ofrece la perla de gran valor que todos están buscando (cfr. Mateo 13, 45-46).

Cuando los Medios de Comunicación pierden su sentido

Sin embargo, es una pena que algunos medios de comunicación se utilicen para degradar en gran escala la vida de los hombres. Es una pena que se presten estos medios para satisfacer simplemente pasiones humanas de hombres que quieren hacer la guerra, hacer daño a otras personas e instituciones. Es una pena que se abuse del poder -como tantas veces ha sucedido- para ocultar la verdad, en contra de la libertad y de los derechos de los demás, y siempre en provecho propio. Es una pena que a ciertos medios de comunicación se les convierta en arma poderosa y terrible de combate para aplastar a los demás, acabar con su buena fama, para distorsionar maliciosamente toda información, para decir verdades a medias. Es una pena que esos medios de comunicación sirvan para corromper las mentes de los niños y de los jóvenes. Es una pena que algunos de quienes manejan los medios de comunicación se hagan tan venales que se pongan al servicio del mejor postor y se conviertan en encubridores y solapadores de las mentiras y de las negras intenciones de algunos.

Yo soy totalmente partidario de la libertad de expresión, de la libertad para crear opinión pública, de la crítica constructiva, de la denuncia veraz, del derecho a enseñar todo aquello que realmente sirva para el bien del hombre. Mas el que no haya leyes que restrinjan la libertad de los medios de comunicación, no quiere decir que se tenga una libertad irrestricta para arremeter contra quien sea, causándole daños muchas veces irreparables. Tener por ejemplo, libertad de andar por las calles del mundo, de ir a donde cada uno quiera, no significa que se pueda ir ofendiendo al primero que se encuentre o causando cualquier tipo de daño, rompiendo los vidrios de las casas, grafiteándolas, etc., porque entonces se acaba la libertad y quien esto hace se convierte en delincuente y merece ser apresado, recluido en una cárcel para que deje vivir en paz a la sociedad entera.

Muchas veces lo medios de comunicación delinquen y no hay quien los castigue. Siguen con frecuencia aquel dicho que se atribuye a Pancho Villa: «quiébrenlo y después veriguamos», que no es otra cosa que un reflejo de la fuerza del poder y no de la fuerza de la verdad. Muchas veces se difama a las personas y después se les concede bondadosamente el derecho de probar que no es cierto: “Yo digo que eres un deshonesto, un ladrón, pero te concedo el derecho de que pruebes lo contrario”. Muchas veces prevalece en los medios de comunicación más la ambición de vender noticias que el amor por la verdad.

«A veces -dice el Papa- el mundo de los medios puede parecer indiferente e incluso hostil a la fe y a la moral cristiana. En parte esto sucede porque la cultura mediática se ha ido contaminando progresivamente por un ánimo típicamente postmoderno, donde la única verdad absoluta admitida es la inexistencia de la verdad absoluta, donde todo es relativo y por lo tanto irrelevante. Con tal perspectiva, lo que acontece no es la verdad sino «el relato»; si algo es noticia digna o entretenida, la tentación de apartar las consideraciones de la verdad se hace casi siempre irresistible. Como resultado, el mundo de los medios puede, algunas veces, parecer un ambiente tan poco propicio para la evangelización como el mundo pagano en tiempos de los Apóstoles. Pero del mismo modo que los primeros testigos de la Buena Nueva no se retiraron cuando encontraron hostilidad, tampoco hoy los seguidores de Cristo deben hacerlo. El grito de San Pablo resuena todavía entre nosotros: «¡Pobre de mí si no anunciara el Evangelio!» (Íbidem n. 3).

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