Edición 247 Domingo 28 de octubre de 2001

Palabra del Domingo

El fariseo y el publicano



La Liturgia de este día pone ante nosotros, una vez más a estos dos personajes, que sin duda, muchas veces han salido a escena para representar un acto a través del cual el Señor quiere hacernos llegar una de sus más bellas enseñanzas.

Dios no se asusta del mal que hay en el hombre, pero sí le desagrada sobremanera la dureza del corazón, incluso si la persona es buena.

Sería bueno no limitarnos a escuchar este Evangelio como un relato más, sino releer, reflexionar, ahondar en su significado para ver por dónde viene la enseñanza del Señor para cada uno de nosotros concretamente en la realidad en la cual nos encontramos...

1ª Lectura: Eclesiástico o Sirácide 35, 15-17. 20-22 El Señor no menosprecia al pobre por ser pobre, más bien, Él escucha, atiende y hace justicia. La oración del hombre atraviesa las nubes.

Salmo: El Señor no está lejos de sus fieles

2ª Lectura: 2ª Carta a Timoteo 4, 6-8. 16-18 San Pablo confía a su discípulo preferido: “Ha llegado la hora. Ya sólo espero la corona. El Señor me llevará sano y salvo a su Reino”.

Evangelio: Lucas 18, 9-14 El Fariseo y el Publicano es una parábola muy dura que el Señor Jesús dirige a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás.
• Un mensaje para meditar: Ante Dios soy lo que soy. Allí puedo expresar mi verdad sin justificaciones, sin excusas falsas, sin temor alguno, porque en estos casos, lo único que Dios sabe es perdonar.

• Una obra buena que nos pide realizar: Cultivar una sincera actitud de comprensión, sin inventar malas intenciones y explicaciones torcidas a todo aquello que hacen los demás, antes bien, preguntar y dialogar en familia.

• Una gracia para vivir: en la verdad de Dios encontramos lo mejor de nuestra propia verdad. El Señor no nos pide que vayamos gritando a los cuatro vientos nuestras faltas, pero sí que las confesemos humildemente ante quien nos perdona en su nombre.

Es una buena oportunidad para reflexionar hoy sobre el Sacramento de la Penitencia. Confesar los pecados es la mejor medicina que el Señor haya inventado, porque libera a la persona del mal y le sana de la contaminación que haya podido dejarle el pecado.

Aparte, ya sabemos de antemano el desenlace del juicio al cual nos vamos a someter; siempre vamos a salir absueltos, con el regalo de una gracia nueva y con una amistad más grande con el Señor.

La actuación de Dios es siempre la misma, perdonar y dar vida, rescatar lo perdido y mirar con amor al humilde. Lo malo es sentirse buenos y por ello despreciar a los demás. Dios no le reprocha al fariseo que sea bueno, sino que sea incomprensivo, intransigente y que rechace al otro por considerarlo inferior.

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