Edición 247 Domingo 28 de octubre de 2001

Palabra del Pastor

Rectitud y valentía para la vida, el testimonio de San Juan de Capistrano



El 23 de octubre de 1456 murió un gran santo, San Juan de Capistrano, cuyo nombre llevo yo por haber nacido cuando se celebraba su fiesta anteriormente. Él fue un hombre extraordinariamente notable, aunque poco conocido para nosotros.

San Juan de Capistrano nació en los Abruzos italianos. Estudió jurisprudencia con grande provecho, y por diez años fue gobernador de la ciudad de Perusa, ciudad importante de la Italia del Renacimiento.

Sumamente recto, por no prestarse a componendas, sus enemigos lo encerraron en la cárcel; quiso escapar, se quebró una pierna y lo confinaron en una celda todavía más estrecha; ahí tuvo una visión, donde Dios lo invitó a dejar el mundo y a abrazar la Orden Franciscana. Sin saber cómo, salió de la cárcel, lo dejaron libre. La sentencia era de por vida, pero fue liberado y se fue de franciscano.

Como fraile, fue un hombre de mucha oración y de mucha acción; extraordinario formador de frailes y reformador de la Iglesia; fue un gran predicador que anduvo por todas partes anunciando la Palabra de Dios, y ya en su vejez, a los 67 o 68 años, recibió una misión muy importante por parte del Papa. En el año 1453 los turcos conquistaron Constantinopla, destruyeron el imperio cristiano de oriente y se aprestaron inmediatamente a caer sobre Europa; había en aquel Continente grande pavor ante esta invasión de los turcos y por ende, el Papa instó a las potencias cristianas a que se unieran para resistir, encomendando a Juan de Capistrano que predicara esa cruzada. Pocos fueron los que respondieron y se dice que San Juan de Capistrano completó sus ejércitos, sobre todo, con terciarios franciscanos, es decir, con gente del pueblo mal entrenada, pero con mucha fe en Dios y muchos deseos de salvar a la cristiandad.

En Belgrado se trabó la batalla el 21 de julio de 1456. San Juan de Capistrano estuvo en las murallas de esa ciudad con el estandarte de la Cruz animando a los ejércitos cristianos; fue así como derrotaron al califa de manera total y lo hicieron huir.

Posteriormente se desató una peste por tantos muertos que quedaron tirados después de la batalla y San Juan de Capistrano se contagió con esa peste y murió a los tres meses, siendo precisamente el 23 de octubre de 1456, cuando entregó su alma a Dios.

La Iglesia lo tiene como santo, y países del este europeo como Austria, Hungría, Croacia, Rumania, etcétera, lo tienen como héroe nacional, porque los liberó de una amenaza muy grande, de una conquista segura por parte de los turcos.

Otros años he estado en Guadalajara para estas fechas y recibido muchas felicitaciones. Ahora me encuentro en Roma en el Sínodo y desde aquí estoy recordando y rogando a Dios por mis amistades y por toda la Iglesia de Guadalajara; al mismo tiempo pidiéndoles que también ustedes me encomienden a Dios en sus oraciones.

No será posible la felicitación como en otros años, pero la oración de unos por otros, será siempre oportuna.

Muchas gracias. Que Dios los bendiga.

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