Edición 270
07/04/2002

Palabra del Pastor

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La Resurrección vence la tristeza del hombre

Estamos ya en el tiempo de la Pascua. Son nada menos que 50 días en los que la Iglesia nos habrá de exhortar al gozo y a la alegría. Esos días corren desde el domingo en que conmemoramos la Resurrección del Señor, hasta el domingo de Pentecostés. Esta alegría cristiana, sólida y profunda, tiene un motivo esencial: la Resurrección del Señor.

La Resurrección de Cristo es el motivo de nuestra esperanza y el cumplimiento de las promesas que Él hizo. En primer lugar, Cristo resucitó y esto es la base de nuestra fe, la clave del cristianismo. El Señor prometió su Resurrección como la señal inequívoca de que Él venía de parte de Dios, de que Él era el Hijo de Dios.

Resucitó el Señor al tercer día de entre los muertos y se apareció a sus apóstoles en varias ocasiones durante 40 días, para convencerlos de que era el mismo que había estado durante tres años con ellos, y para mandarlos por el mundo a testimoniar a Cristo Muerto y Resucitado como sustancia de nuestra fe y causa de nuestra esperanza cristiana.

La fe en Cristo Resucitado es, pues, la base del Cristianismo y es también el asiento de la esperanza cristiana; pero Cristo no solamente resucitó, sino que prometió a quienes creyésemos en Él, tener una vida eterna, resucitar. Él lo dijo en forma clara y solemne: «Yo soy la Resurrección y la Vida, el que crea en mí no morirá”, y efectivamente, no morirá para siempre. Al anunciar el Misterio de la Eucaristía, había dicho: «Quien coma mi carne y beba mi sangre, tendrá la vida eterna y yo lo resucitaré en el último día». La fe pues, en el Señor Jesucristo, nos hace acreedores a esa promesa que nos ha hecho de una vida eterna, de resucitar con Él para la inmortalidad. Ésta es la esperanza cristiana, una esperanza que trasciende.

Los cristianos creemos en el Hijo de Dios que vino al mundo, Jesucristo, y esperamos que practicando sus enseñanzas es como integraremos una mejor sociedad.

Nosotros los cristianos debemos dar testimonio de nuestra esperanza e inyectar alegría al mundo; una alegría profunda, a este mundo actual, a este mundo triste que se ha olvidado de Dios y por consiguiente del destino eterno del hombre, porque pretende quedarse sólo con lo que ofrece esta vida, que en realidad es poca cosa. Por eso hay tristeza en tantas personas, por su falta de fe, porque no creen ni se apoyan en Nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios.

Les deseo a todos unas Pascuas de Resurrección llenas de felicidad y alegría cristiana, y que nuestra fe se afiance cada vez más, para que seamos en el mundo fermento de alegría y esperanza.

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