Edición 282
30/06/2002

Jóvenes

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• Pastoral Juvenil

En los últimos días, la juventud ha sido fuente de noticias, tanto buenas como malas, en los medios de comunicación. En la Iglesia creemos que, de entrada, el joven es bueno. Sin embargo no podemos negar que está expuesto a diversas influencias que afectan su vida de manera positiva o negativa; esto nos habla de la necesidad de acompañamiento por personas capacitadas, que sepan dialogar con él, orientarlo y ser amigos; de la necesidad de asesores de juventud.

Para conocer un poco acerca la experiencia de ser asesor en la Pastoral Juvenil, extractamos a continuación algunos fragmentos del texto de Mons. José Pablo Rovalo Azcué, quien fuera asesor de jóvenes por más de 40 años, primero como sacerdote y después como obispo.

«Muchos jóvenes pasan por la calle; los vemos entrar y salir; gastan su vida en el estudio, en el trabajo, en el deporte, en la recreación; otros vagan, no tienen empleo o desperdician su vida. Hay jóvenes marcados por lacras, quizás ya con maldad en su corazón.

El joven es hoy un surco abierto, una tierra que espera la semilla que le permita vivir y estar presente en la vida. ¿Quién será para él el Señor de su vida y Señor de su historia? ¿Hay quién acompañe al joven? ¿Alguna persona está marcando ya su vida? ¿Quién lo podrá hacer?

Muchos hablamos del joven, te ofrecemos caminos o al menos cosas, decimos que nos interesa. Entre ellos estamos los asesores de juventud. Podríamos decir que somos nosotros una de las personas quienes, en ese momento de su vida, estamos cerca de él. Dentro o fuera del grupo, lo acompañamos, oímos lo que quiere decimos, lo ayudamos a buscar una solución digna para su vida; digna para él y para los demás.

¿Qué lugar ocupan los jóvenes en mi vida?

Soy asesor de juventud desde hace muchos años, y en mi experiencia, cada muchacho, cada una de las muchachas es una persona concreta, con rostro y nombre propio, que llega a mi vida y se mete en ella. No puedo yo jugar con su vida. Es una persona con toda su dignidad de ser humano que me exige amarla, y amarla sin mentira. Yo debo hacerle sentir siempre que es alguien con quien puedo compartir mi propio vivir, mañana, tarde, noche y madrugada; alguien con quién compartir mi fe. No puedo yo inventar qué puedo hacer por él o por ella, se trata de servirlos. Me han ayudado a respetarlos profundamente, pues son un muchacho o muchacha que tienen su voz propia; una palabra tan válida como la mía.

Los jóvenes me han enseñado a ver el amor de Dios en las cosas sencillas de cada día, allí donde yo no veía. Me han enseñado a no hacer acepción de personas. Todos ellos y ellas han sido mis compañeros de camino; nos hemos jugado la vida juntos. No me han permitido detener el paso; veo con ellos los acontecimientos, descubro la historia. Juntos buscamos comprometernos ocupando nuestro lugar.

A ellos les he enseñado a amar a la Iglesia, mi Iglesia. Juntos la amamos. Han compartido conmigo su inconformidad ante una civilización de muerte, sus ganas de un México mejor. Me han lanzado hacia delante sin mirar atrás, lleno de un ánimo sano. Por ellos vale la pena vivir, y amo vivir. Con alegría gasto mi vida por ellos y con ellos; su generosidad me ha contagiado. Me han hecho sentir la necesidad de más asesores de juventud.

Ser asesor es toda una vocación y no simplemente algo «carismático». Podemos decir que nuestro aporte de asesores en el protagonismo juvenil es importante y que exige un verdadero amor por la juventud; entenderla, valorarla y apreciar sus propuestas. Ellos nos piden ser acompañados, escuchados, orientados e impulsados.

Fuente: Me la juego con el joven... Soy asesor de juventud, Mons. José Pablo Rovalo Azcué, SERAJ, México, 2001, 2ª edición.

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