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Opinión |
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El 2 de julio, del olvido a la maquinita de éxitos
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Hablar de lo que fue promesa en tiempos de campaña y de lo que hoy se toma como logros o reconstrucción de lo anterior, en estos dos años que han trascurrido, es hablar de desaliento. Se dice que esto no es exclusivo del régimen actual, ya que así ha sucedido desde los tiempos faraónicos y más atrás, porque así es como se desenvuelve la política; si no, no lo sería.
Lo que hay y lo que falta
El desengaño puede ser más ingrato si se relativizan los niveles de mejoría obtenidos, pues se soñó en grandes diferencias que marcarían el antes y el después. Un dos de julio, inició un encuentro en que se prometían doce goles a cero; no se pensaba que el futbol incluye también quien destruya las oportunidades ajenas. A la fecha, no ha sido tanto; apenas van dos o tres golecillos de factura de crack, unos cuantos raspones y una que otra fractura; pero todavía le queda mucho reloj al tiempo reglamentario.
Debemos quitarle lo solemne a un dizque análisis global, a un tercio del camino de este «foxsexenio» (palabra en la que se nota de entrada la abundancia de «X», como signo interrogante de la incógnita a despejar), y en palabras domésticas, hablar de la sensación general, de las opiniones circunstanciales de un ciudadano común, que no especialista.
Estabilidad contra innovación
Hay, para empezar, un sensus pecuniarium (sentido común de los dineros), en el cual las mayorías coinciden en que hay estabilidad. Se dice: «Los operadores de Hacienda saben su negocio». Ciertamente, no nos han «liberalizado» de todas las cargas de la pobreza, pero hay un status sostenido que puede ser una plataforma firme para crecer.
Se dice también que hubo estabilidad en la transición política, que no es cosa menor. ¿Hubo arreglos? ¿Es mérito del equilibrio de fuerzas? Pareciera necesario, como principio de discusión, no alinearse con lo nuevo; pudiera ser una reacción al dolor de haber perdido el poder. Se habla de toda una clase política que se vio de pronto desempleada, y por ahí empezaron los raspones y fracturas.
Oponerse para decir «aquí estoy»
¿Recuerda aquellos pleitos bizantinos por el «águila mocha», que hoy a fuerza de la repetición nos quiere infundir una dinámica progresista? Discusiones esquizofrénicas, paranoicas en la más encumbrada e inútil instancia empleadora del País, por sus costos hora-hombre e inversión-resultados: el Honorable Congreso de la Unión. ¡Que si se concede indiscriminadamente permiso para viajar el Presidente al extranjero! ¿Será un signo de identidad de los tiempos nuevos?
Al común de los mortales le suena mejor la estabilidad que un cambio de 180 grados en redondo, como si la historia escribiera en el 2 de julio su página inicial. La gente siente que en las instituciones no hay continuismo se perciben ciertos cambios, vacunas al sistema que provocan comezón, pero hay continuidad: no partimos de cero. Ciertamente, hay nuevos apellidos en el organigrama del quién es quién en la política.
Confesionalidad contra laicidad
Se atribuye confesionalidad a ciertas atalayas del régimen; hay mucha gente del pueblo que lo absorbe como virtud. Para ciertos analistas, es una desgracia decimonónica. Se dice de Fox y su gabinete que son «la turba empresarial»; para unos, dichosa coincidencia; para otros, fatal desgracia. Que se maquillan las cifras de pobreza, desempleo, educación, salud u obra pública. ¿En algún tiempo nos fue mejor que ahora? Algunos alaban a la nueva clase política por atreverse a sacar las tripas del «Pemexgate»; otros dicen que es un riesgo para la gobernabilidad del País. Unos añoran un Presidente oficioso y oficinista; hablan de que no se puede gobernar «como en campaña». Otros dicen que la cercanía es el fondo del oficio de gobernar para el pueblo. Se habla de transparencia democrática, pero junto, va el riesgo de traslucir intimidades vergonzantes. Antes se hablaba de una caterva multitudinaria de encubridores beneficiados de un mismo presupuesto. Hoy, lo menos que se dice es que el cambio está en camino, que las resistencias son un mal y no menor, en el deseo y proyecto de cambiar los códigos de la política.
Alinearse o no alinearse
No se trata de «pintar la raya» en filias y fobias; no se trata de tomar color para vestir el traje de moda. El mayor riesgo de la intolerancia es pintar de dogmatismos nuestros desacuerdos; el mayor valor de la democracia es hacer que la diversidad, aunque sea minoría, también ejerza su poder; no por ser diversidad sino por tener razones para serlo. Se añora el tiempo del sindicalismo al servicio del Estado, pero solamente por la desventaja de no ser favorecido. Cierto sector de la incultura domesticada para opinar, quienes no tienen muchas razones para ello, se expresan con llaneza: es «la misma gata pero revolcada», pero también se dan cuenta que en la misma revolcada se da un aspecto agradable a la nueva identidad.
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