Edición 282
30/06/2002

Palabra del Domingo

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El primer paso en el mandamiento del amor

Sabemos, porque lo hemos escuchado repetidas veces y nos lo han dicho hasta el cansancio, que el primero y único mandamiento del Señor Jesús es el amor: a los padres, a los hijos, al cónyuge, a los hermanos, vecinos, amigos... y enemigos. Nadie puede quedar fuera.

Como Jesús pide un amor universal, Él mismo no puede quedar fuera; no dice: «Amen a todos, ámense mutuamente, como Yo los he amado, y a Mí, no importa si me aman o no». De ninguna manera. En los niveles del amor, Dios pide un amor preferencial hacia sí y a cuanto le atañe; a su Reino, a sus intereses, a quienes Él más ama.

El amor que el Señor Jesús nos ha enseñado quizá es diferente a lo que nosotros entendemos por «amor»; a lo que nos presentan los medios, a lo que hemos vivido y a cuanto hemos recibido como «amor».

No es simple, porque Jesús pide un amor más grande que el que damos a nuestro padre y madre; más grande que el amor que se tiene a un hijo o a la propia vida; mayor al que se tiene por todo cuanto somos y poseemos.

Es cierto que a Dios no podemos verlo; no obstante, Jesús camina con nosotros, a nuestro lado, y además se hace presente en el prójimo necesitado y pobre, y allí podemos demostrarle nuestro amor.

1ª Lectura: 2º Libro de los Reyes 4, 8-11.14-16. Se reconoce al profeta Eliseo como un hombre de Dios.

Salmo 88: «Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor, porque su amor es para siempre y su lealtad más firme que los cielos».

2ª Lectura: Romanos 6, 3-4.8-11. El Bautismo nos sepultó con Cristo para que llevemos una vida nueva. Por lo tanto, si hemos muerto con Cristo y Él ha resucitado, nosotros estamos muertos al pecado y vivos para Dios.

Evangelio: Mateo 10, 37-42. «Quien quiera salvar su vida la perderá. Quien los recibe a ustedes me recibe a Mí y, quien da algo en mi nombre, tendrá su recompensa».

• Una verdad para meditar: Reconocer que Jesús es el que llama y el que envía.

• Una buena obra para practicar: Decir una oración o hacer una obra buena para manifestar al Señor nuestro amor preferencial hacia su persona.

• Una gracia para vivir: Experimentar la alegría de ser discípulos elegidos y de recibir a Jesús en el prójimo.

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