Edición 313
02/02/2003

Santidad a tu Alcance

Portada
Editorial
Reflexivas
Epigramario
Palabra del Pastor
Voz del Arzobispado
Tema de la Semana
Actualidades
Hacia el 48 Congreso Eucarístico
Página Vaticana
Mundo Católico
Bitácora
Parroquia
Cultural
Iglesia en la Semana
Vida Diocesana
Vida Consagrada
Jóvenes
Institución Altruista
Santidad a tu Alcance
Opinión del Lector
Palabra del Domingo
Cartón Hocio
Cartón Joel
Actividades

San Felipe de Jesús: primer mexicano canonizado

• Dr. Alberto Gutiérrez T. Formoso

Como católicos, es nuestra obligación, en esta primera semana de febrero, recordar la memoria de San Felipe de Jesús, fraile franciscano martirizado en Japón el 5 de febrero de 1597. Su nombre de pila era Felipe de las Casas, por parte de su padre D. Alonso, y Martínez, por parte de su madre, doña Antonia. Nació en la Ciudad de México en 1572, según consta en su fe de Bautismo. De niño fue un chico aguerrido e inquieto; bastante travieso, diría su nana años después. Ella, la clásica presencia en las antiguas familias, narró una historia, al parecer, que se ha comprobado a través de los siglos. Para ella, el «muy travieso ‘Felipillo’, no tenía madera de santo». Al respecto, agregó cierto día: «Antes, esta higuera seca reverdecería, que ‘Felipillo’ llegue a ser santo». Y esto quedó atestiguado como una tradición familiar conservada por años. Lo sorprendente es que, también se atestigua, que en febrero de 1597, en pleno invierno, el mismo día del martirio de San Felipe allá en Japón, en la casa paterna la higuera seca reverdeció y dio fruto. Y no sólo eso, sino que muchas familias cristianas, a través del tiempo, gozaron los retoños de esa higuera que siguió multiplicándose en tierra mexicana.

En busca de fortuna

San Felipe, cuando joven, entró al noviciado de los Franciscanos Dieguinos Descalzos en el Convento de Santa Bárbara, Puebla. Pero la austeridad del monasterio la pareció bastante dura. Volvió a su casa y aprendió el oficio de platero. Mas su padre lo envió a Islas Filipinas a «hacer fortuna», como se decía en aquel tiempo. Felipe, contando con dieciocho años, arribó a la misteriosa y enredada Ciudad de Manila, capital de las Filipinas, centro de riquezas y comercio, pero también prolífico territorio de vida nocturna y placeres. Al principio, Felipe quedó deslumbrado. Sin embargo, comenzó a sentir la angustia y «el vacío de Dios», como él lo describiría. Y escuchó en el fondo de su corazón la voz del Señor: «Si quieres venir en pos de Mí, renuncia a ti mismo, toma tu cruz y sígueme». Y Felipe lo cumplió al pie de la letra. Ingresó, maduramente convertido, con los Frailes Franciscanos para llevar una vida de oración, estudio y entrega a los enfermos. Realizó su profesión solemne en el Convento de Santa María de los Ángeles, el 20 de mayo de 1591, cuando casi tenía veinte años. Siguió su formación, y años después le concedieron los permisos para ordenarse sacerdote.

El viaje de su vida

El Señor de la Mies le pediría el sacrificio de su vida en la cruz. El barco en el que viajaba con Fray Juan Pedro y otros frailes, naufragó, pero pudo arribar a las costas de Japón. ¡Qué cambio de ruta! ¡Vaya destinos los que dispone Dios! Pero Felipe, adaptándose a la situación, soñó entonces en convertir japoneses, aunque desconocía la terrible persecución que recién se había desatado contra cristianos y misioneros franciscanos y jesuitas, heroicos en su apostolado. Cristiandad heredera de los primeros cristianos convertidos por San Francisco Xavier años antes. El Emperador Taicosama percibió el cristianismo como «el peligro de una religión extranjera». Le ordenó al shogún (señor feudal ), de la región de Meako y Osaka, que los aprehendiese. San Felipe decidió solidarizarse con los misioneros de Japón (él podía haberse excusado como «náufrago»), y junto con ellos peregrinó largamente por las provincias, hasta llegar a Nagasaki, lugar donde ocurrió su martirio. Ahí, en el lugar que hoy se conoce como la Colina de los Mártires, sufrió junto con ellos, veintiséis en total, la crucifixión. San Felipe fue el primero en fallecer, puesto que las argollas que oprimían su cuello estaban dispuestas al revés y lo sofocaban. Además, por si esto fuera poco, tres lanzas atravesaron su cuerpo. Felipe, tan sólo exclamó: «Jesús, Jesús, Jesús».

Llegó a su destino

Al grupo de mártires se les conoce y venera como: «San Pablo Miki y compañeros mártires». Todos ellos fueron atormentados entre el 5 y 6 de febrero de 1597. Y también, todos ellos, eran franciscanos o jesuitas; catequistas y dos niños, beatificados el 14 de septiembre de 1627, por el Papa Urbano VIII. En ese entonces, todavía vivía la mamá de San Felipe y asistió a la celebración en la Ciudad de México. San Felipe fue canonizado el 8 de junio de 1862 por el Papa Pío IX, de benemérita memoria. Allá en Nagasaki, se halla levantado el Santuario de la Colina de los Mártires, ciudad asolada por la bomba atómica en 1945. San Felipe fue declarado Patrono de la Ciudad de México y de su Arquidiócesis. Lo conocemos como nuestro protomártir mexicano, el «antiguo mártir».


Portada
Directorio
Ediciones Anteriores
Arquidiocesis de GDL
Pág. Principal