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Vida Diocesana |
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80 mil jóvenes peregrinaron a El Cubilete
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Una mañana diferente
En Silao, a pesar de que la mañana era muy fría, no se detuvo el festejo; en la explanada, los jóvenes gritaban, bailaban, alababan a Cristo Rey y recordaban a Su Santidad Juan Pablo II, como el Papa joven, mientras cientos de camiones, provenientes de todo el País, arribaban al lugar.
Entre los asistentes se contaban chavos de todo el País: igual había veracruzanos que jaliscienses y zacatecanos; así como tamaulipecos, durangueños, michoacanos y potosinos; los jóvenes de Querétaro y los de Guanajuato se distinguieron por su efusividad y ánimo desbordado.
Mientras continuaba arribando más gente a Silao, la mayoría de los jóvenes reunidos, contentos, aguantando el frío y con sueño, gritaban orgullosos lo que para otros sería una vergüenza: ¡Viva Cristo Rey!, pues era Él quien representaba el motivo de su peregrinar y también quien mueve el mundo. Los jóvenes revivieron en Silao el honor que los mártires de la Persecución Religiosa dieron a Cristo al otorgarle el título de Rey; mismo honor que en cada movimiento de los chavos y chavas ahí reunidos, mediante sus voces, plegarias y risas, manifestaban.
Jesús te espera con los brazos abiertos
Alrededor de las nueve de la mañana comenzó el ascenso a la montaña; era una marcha casi marcial, todos subían ondeando banderas invisibles con la leyenda: «Aquí estoy, vivo mi fe y la exhibo con amor»; la mayoría llevaba sólo un lonche o una botella de agua, pero iban dispuestos a trepar, serpenteando a lo largo de quince kilómetros de recorrido en ascenso, sin miedo, sin cansancio, provistos con la fe suficiente, de esa fe que mueve montañas.
El ascenso no fue nada fácil; el camino hubo que recorrerse entre cerros y múltiples curvas; siempre hacia arriba, a lo lejos, donde se divisaba una capilla blanquiazul, y desde donde se alcanzaba a ver allá abajo, el pueblo de Silao; el panorama era seco, casi desértico, moteado de arbustos verdes y por el colorido de las camisetas de los miles de asistentes.
Después de dos horas de camino, al fin se pudo llegar a la cima del Cubilete. En un templete, puesto en la ruta de la ascensión, se realizó una Celebración Eucarística, pero más arriba se hallaba aún la meta final: Cristo que esperaba y sigue en espera. Ahí, justo en la punta, a un lado del famoso y querido Cristo de El Cubilete, donde los sueños se mezclaron con el sudor y se volvieron realidad, donde el deseo se apoderó de cada uno y donde la fraternidad se hizo presente entre los hijos de Dios, ahí, muchos dieron por fin terminada su peregrinación.
Llegaron fatigados y sosteniendo el calor en los hombros y el polvo en los dientes, pero con los ánimos encendidos y los rostros fervientes. Todos, allí arriba, sabían en el corazón que «Cristo nació, vivió, murió y resucitó por nosotros».
Cristo Rey, el centro de la Peregrinación
Pero todavía faltaba más, la parte más importante, la más esperada y emotiva: cuando el Cardenal Juan Sandoval Íñiguez aterrizó en el helipuerto poco antes de las doce del mediodía, y tras un acto cívico celebró la Eucaristía; esa fue la parte que coronó la jornada y mediante la cual Cristo habrá de permanecer con nosotros hasta el próximo año.

El Cardenal fue claro en su mensaje: «Queridos jóvenes de Testimonio y Esperanza, les toca completar una tarea inmensa en un mundo cambiante y difícil: la conversión», asimismo recordó las palabras de Su Santidad, Juan Pablo II, durante la Semana Mundial de la Juventud, realizada en Toronto, Canadá: «Si quieren ser sal de la Tierra y luz del mundo, tienen que renunciar a los vicios y convertirse de corazón a Cristo Nuestro Señor»; además, en su exhortación final pidió: «Den testimonio de lo que han vivido y no se dejen llevar por los placeres que ofrece el mundo, más bien busquen el Cielo, amando apasionadamente a Cristo Rey».
Las lágrimas que derramó la juventud mojaron la tierra de Cristo Rey. Todos quedamos comprometidos, no solamente a peregrinar el año que viene, sino a vivir como Jesús nos lo ha pedido.
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