Edición 313
02/02/2003

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80 mil jóvenes peregrinaron a El Cubilete

• Alejandro Campos

    Son las cinco de la mañana, el sol aún no sale, el frío cala hasta los huesos, pero en Silao (Guanajuato) la juventud arde como cada año.

El pasado sábado 25 de enero se celebró la vigésima peregrinación a la Montaña de El Cubilete, organizada por el Grupo Testimonio y Esperanza. Miles de jóvenes –80 mil según datos oficiales– se dieron cita en la explanada de Silao, justo en las faldas del corazón geográfico de México.

Una mañana diferente

En Silao, a pesar de que la mañana era muy fría, no se detuvo el festejo; en la explanada, los jóvenes gritaban, bailaban, alababan a Cristo Rey y recordaban a Su Santidad Juan Pablo II, como el Papa joven, mientras cientos de camiones, provenientes de todo el País, arribaban al lugar.

Entre los asistentes se contaban chavos de todo el País: igual había veracruzanos que jaliscienses y zacatecanos; así como tamaulipecos, durangueños, michoacanos y potosinos; los jóvenes de Querétaro y los de Guanajuato se distinguieron por su efusividad y ánimo desbordado.

Mientras continuaba arribando más gente a Silao, la mayoría de los jóvenes reunidos, contentos, aguantando el frío y con sueño, gritaban orgullosos lo que para otros sería una vergüenza: ¡Viva Cristo Rey!, pues era Él quien representaba el motivo de su peregrinar y también quien mueve el mundo. Los jóvenes revivieron en Silao el honor que los mártires de la Persecución Religiosa dieron a Cristo al otorgarle el título de Rey; mismo honor que en cada movimiento de los chavos y chavas ahí reunidos, mediante sus voces, plegarias y risas, manifestaban.

Jesús te espera con los brazos abiertos

Alrededor de las nueve de la mañana comenzó el ascenso a la montaña; era una marcha casi marcial, todos subían ondeando banderas invisibles con la leyenda: «Aquí estoy, vivo mi fe y la exhibo con amor»; la mayoría llevaba sólo un lonche o una botella de agua, pero iban dispuestos a trepar, serpenteando a lo largo de quince kilómetros de recorrido en ascenso, sin miedo, sin cansancio, provistos con la fe suficiente, de esa fe que mueve montañas.

El ascenso no fue nada fácil; el camino hubo que recorrerse entre cerros y múltiples curvas; siempre hacia arriba, a lo lejos, donde se divisaba una capilla blanquiazul, y desde donde se alcanzaba a ver allá abajo, el pueblo de Silao; el panorama era seco, casi desértico, moteado de arbustos verdes y por el colorido de las camisetas de los miles de asistentes.

Después de dos horas de camino, al fin se pudo llegar a la cima del Cubilete. En un templete, puesto en la ruta de la ascensión, se realizó una Celebración Eucarística, pero más arriba se hallaba aún la meta final: Cristo que esperaba y sigue en espera. Ahí, justo en la punta, a un lado del famoso y querido Cristo de El Cubilete, donde los sueños se mezclaron con el sudor y se volvieron realidad, donde el deseo se apoderó de cada uno y donde la fraternidad se hizo presente entre los hijos de Dios, ahí, muchos dieron por fin terminada su peregrinación.

Llegaron fatigados y sosteniendo el calor en los hombros y el polvo en los dientes, pero con los ánimos encendidos y los rostros fervientes. Todos, allí arriba, sabían en el corazón que «Cristo nació, vivió, murió y resucitó por nosotros».

Cristo Rey, el centro de la Peregrinación

Pero todavía faltaba más, la parte más importante, la más esperada y emotiva: cuando el Cardenal Juan Sandoval Íñiguez aterrizó en el helipuerto poco antes de las doce del mediodía, y tras un acto cívico celebró la Eucaristía; esa fue la parte que coronó la jornada y mediante la cual Cristo habrá de permanecer con nosotros hasta el próximo año.

El Cardenal fue claro en su mensaje: «Queridos jóvenes de Testimonio y Esperanza, les toca completar una tarea inmensa en un mundo cambiante y difícil: la conversión», asimismo recordó las palabras de Su Santidad, Juan Pablo II, durante la Semana Mundial de la Juventud, realizada en Toronto, Canadá: «Si quieren ser sal de la Tierra y luz del mundo, tienen que renunciar a los vicios y convertirse de corazón a Cristo Nuestro Señor»; además, en su exhortación final pidió: «Den testimonio de lo que han vivido y no se dejen llevar por los placeres que ofrece el mundo, más bien busquen el Cielo, amando apasionadamente a Cristo Rey».

Las lágrimas que derramó la juventud mojaron la tierra de Cristo Rey. Todos quedamos comprometidos, no solamente a peregrinar el año que viene, sino a vivir como Jesús nos lo ha pedido.


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