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No nos interesa el martirio
El Papa Juan Pablo II y los mártires mexicanos, Anacleto González Flores y siete compañeros, recientemente declarados beatos por la Iglesia, han sido, más que antes, noticia para nosotros en los últimos días. Los que serán llevados a los altares próximamente, porque eran oriundos de estas tierras, y se unen al grupo de los veinticinco mártires mexicanos, declarados santos en el año 2000. El Papa, no sólo porque dio el decreto de beatificación, sino porque se anunció que no podía venir a Guadalajara a la celebración del XLVIII Congreso Eucarístico Internacional. En ambos casos, el martirio, por una razón o por otra, es el común denominador.
Mas no nos interesa cualquier sacrificio, cualquier martirio. No nos interesa aquel martirio en el que el protagonista es el que se inmola, dejando de lado el motivo de su inmolación. No nos interesa el martirio cuya causa es la protesta, que no conduce a mejorar la realidad que supuestamente quiere cambiar, sino a empeorarla.
No nos interesa el martirio de quien, con su muerte, provoca conflictos más que soluciones. No nos interesa el martirio de aquel que con su sacrificio, hace sufrir a la gente cercana a él, más que motivar un cambio en sus personas.
¿Cuál es, entonces, el martirio que nos interesa? Volvemos nuestros ojos al origen literal de la palabra, que, tomada del griego, significa testimonio, testigo. El mártir es un testigo, pero el mártir cristiano va más allá del testimonio.
Es testigo y más, si no, no se explica su sacrificio, no se explica su muerte, porque no se trata de un acto de inmolación egoísta, ni siquiera para buscar «en directo» la salvación, porque ya en los orígenes de la Iglesia, hubo quienes se empeñaban en ser condenados, buscando caer fácilmente en las manos de las autoridades que los perseguían. La Iglesia siempre ha mantenido su reserva en este tipo de intenciones, considerándolas como provocatorias.
No nos interesa, pues, el martirio voluntario, sino el que se tiene que sufrir como «el supremo testimonio de la verdad y de la fe
Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza», (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2473), y que, por lo tanto, no lo busca, pero si llega, lo acepta, no por él mismo, sino por un bien supremo, aun en situaciones incomprensibles. Así lo expresó Santo Tomás Moro, poco antes de su martirio, cuando consolaba a su hija: «Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que parezca, es en realidad lo mejor».
Con el martirio no se trata de convencer a nadie, sino de dar testimonio. No es una defensa, sino una confesión de fe. En este caso, la muerte no es un fracaso, es, más bien, una victoria. El martirio no es una provocación, constituye una ofrenda.
En este tenor podemos considerar el sacrificio del Papa, y el nuestro, por no verlo en Guadalajara. Puso todos los motivos que dependían de él, para venir: El inicio del «Año de la Eucaristía» en el marco del próximo Congreso Eucarístico Internacional, las beatificaciones de trece mexicanos y los viajes a países cercanos a Italia, pero sus médicos dijeron que no. No se trata de martirizarlo, no se trata de que, con su precaria salud, se provoque a la providencia de Dios. Se trata de que siga siendo, confiando en la voluntad de Dios, un testigo en medio del sufrimiento.
El mártir es, ante todo, testigo, ejemplo y honra, y esto fueron los mártires mexicanos, los canonizados y los próximos a beatificar, y por este camino se conduce también Juan Pablo II.
Lo que dijo San Policarpo: «Te bendigo por haberme juzgado digno de este día y esta hora, digno de ser contado en el número de los mártires», lo decimos ahora de ellos.
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