Edición 472
19/02/2006

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La frontera entre libertad y burla

«¿Es lícito, en nombre de la libertad de pensamiento, herir el sentimiento religioso?», se pregunta L’Osservatore Romano, diario vaticano, tras el asesinato de un sacerdote católico en Turquía, en el contexto de las protestas por la publicación de viñetas sobre Mahoma. El clérigo nada tenía que ver con el asunto, pero era, para su victimario material (un adolescente de 16 años), el personaje «a la mano», la «presa» más fácil de alcanzar, y el objetivo donde podía desahogar todo su odio y venganza, y de una vez, sobre un inocente.

Por esto, el diario de la Santa Sede propuso un examen de conciencia sobre la libertad de expresión y la libertad a la ofensa de los sentimientos religiosos. La agencia católica de noticias, Zenit, lo comentó, en una de sus notas publicada la semana pasada, y amplía el juicio de tan detestable acontecimiento.

El análisis que exige L’Osservatore Romano pide abarcar a todos los medios de comunicación y todos los países. Cita explícitamente el caso de España, donde un espectáculo teatral ridiculiza al Papa, amenaza a los católicos e incita a la apostasía. Además (¡hasta dónde han llegado las cosas!), menciona un programa de televisión que «explica» «cómo cocinar un crucifijo».

Por eso, la pregunta: «¿Es lícito, en nombre de la libertad de pensamiento, herir el sentimiento religioso de quienes pertenecen a una determinada confesión? ¿Dónde comienza el derecho de expresión y dónde comienza la ofensa a las convicciones interiores de los demás?», pregunta el autor, Francesco M. Valiante, en la edición italiana del 6-7 de febrero del diario.

«¿Cuál es la frontera entre sátira y escarnio, entre ingenio y ultraje, entre ironía y blasfemia?», sigue preguntando el autor. Se trata de un debate, reconoce, entre quienes «invocan el derecho a caricaturizar a Dios» y quienes consideran las viñetas como «un error», «una provocación», «una difamación», «un acto blasfemo».

«No hay duda de que el derecho a manifestar el propio pensamiento y el derecho a profesar libremente una religión forman parte a pleno título de los derechos humanos fundamentales e irrenunciables universalmente reconocidos», desde hace 60 años por la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. Al mismo tiempo, añade, «es indudable que toda genuina expresión del primero de estos derechos encuentra en la plena e integral realización del segundo un límite natural».

«La tan enarbolada ‘laicidad’ de la sociedad moderna –añade–, ¿no debería encontrar uno de los puntos cardinales de referencia precisamente en la comprensión y en el respeto de las convicciones del ‘otro’, aunque sean diferentes y antitéticas a las propias?», se pregunta el autor del artículo.

«¿Qué progreso social, qué meta civil supone el colgar de la picota (columna de piedra donde se exhibían las cabezas de los ajusticiados y se exponía a los reos a la vergüenza pública) los símbolos de la fe de un creyente, independientemente de la religión a la que pertenezca?». Ningún progreso social, ninguno, por supuesto. Y hace constar: «No estamos hablando de la crítica legítima, la polémica argumentada, el disenso expresado incluso de manera radical –aclara el texto–. Ninguna Iglesia o confesión puede pretender privilegios e inmunidad».

Mas «puede, es más, debe exigir respeto cuando están en juego la verdad y la dignidad de una experiencia como la religiosa, que pertenece a la dimensión más íntima y fundamental de la persona humana», citando después otras, como la familiar. Así, como todo ser humano espera que se le respete; no esperamos más.


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