El pulso del Papa
Un “nuevo mesías” para México
• Roberto O’Farrill Corona
La intención real de López Obrador no era recordarle al público durante su entrevista televisiva el acontecimiento salvífico de la Cruz; lo que sucedió en realidad fue que, sin quererlo y fruto de un descuido, exhibió sus pretensiones mesiánicas
Joaquín López Dóriga preguntó con una sola palabra: «¿Religión?».
Andrés M. López Obrador respondió así: «Soy católico, fundamentalmente cristiano, porque me apasiona y me gusta la vida y la obra de Jesús, fue perseguido en su tiempo, espiado por los poderosos de su época y lo crucificaron...».
López Dóriga quiso estar seguro de la posible comparación y abundó: «Pero, vamos, sin ningún paralelismo, ¿no?».
A lo que López Obrador respondió: «No, para nada, lo estoy planteando porque a veces se olvida eso».
Cito esta parte de la entrevista que vimos por televisión en la consecución de esa especie de «comparecencia» ante el público a la que están acudiendo los candidatos y en las que cuidan y miden unas respuestas y evaden otras.
Es bueno que a los candidatos presidenciales se les planteen preguntas cuyas respuestas ya han sido explicadas por las diversas Iglesias y religiones, en las que ninguna de ellas acepta la destrucción de la vida humana en ninguna de sus formas, ni antes de nacer ni antes de morir. Existe consenso absoluto en judaísmo, cristianismo, islam, tradiciones budistas, hindúes y shintoístas. En el ámbito cristiano, las iglesias: Luterana, anglicana, presbiteriana, pentecostal, evangélica, ortodoxa, Católica y todas las demás denominaciones, se oponen de manera terminante al aborto y la eutanasia.
Entonces, ¿por qué tanta precaución para responder, si la enseñanza es la misma en cualquier religión? Por ignorancia. En efecto, los candidatos han demostrado su pobreza intelectual y su carencia de conocimientos esenciales para poder gobernar a un pueblo que es 99 por ciento cristiano, y 85 por ciento católico.
En el caso del candidato López Obrador, quien se manifiesta «católico, fundamentalmente cristiano» es evidente que ignora que como la Iglesia Católica tiene su fundamento en Cristo, luego entonces, todo católico es, como él mismo dice ser «católico, fundamentalmente cristiano», como todos al fin y al cabo, pues no hay «católicos fundamentalmente budistas» o «católicos fundamentalmente hare krishnas».
Como sea, dice ser católico y cristiano, de acuerdo, pero sustentar su filiación a la Iglesia en su gusto por la vida y obra de Jesús, no lo justifica, como no me convierte en monja carmelita descalza el gusto personal que yo tengo por la vida y obras de Santa Teresa de Jesús, fundadora del Carmelo Descalzo, y como tampoco me hace hindú devoto de las religiones védicas y observante del Bahgavad Ghita el gusto que siento por la vida y obra de Mahatma Gandhi.
El entrevistador, audaz y atento, cuando percibió que su entrevistado presentaba lo que parecía ser una comparación de sus vicisitudes políticas con la persecución sufrida por Jesús de Nazaret, culminada en su muerte en Cruz y ulterior Resurrección para Salvación y redención de la Humanidad, le lanzó la pregunta: ¿...Sin ningún paralelismo? y el entrevistado se convirtió en «evasor» y respondió que no, que lo que pasa es que «a veces se olvida eso».
El acontecimiento en la historia que no se ha podido olvidar en dos mil años es precisamente ése, que Cristo, perseguido, fue torturado y crucificado por la estupidez humana y la manera en que Él, desde la misma Cruz, imploró perdón por esa estupidez: «Padre: perdónalos porque no saben lo que hacen».
Eso no se olvida y la intención real de López Obrador no era recordarle al público durante su entrevista televisiva el acontecimiento salvífico de la Cruz; lo que sucedió en realidad fue que, sin quererlo y fruto de un descuido, exhibió sus pretensiones mesiánicas. Evidentemente se siente «perseguido» y se comparó con el Hijo de Dios, con el Eterno, el Absoluto, el Verbo Encarnado.
El César usaba en la cabeza una corona de laurel como signo de su divinidad pues, en su locura absolutista, el César se creía y se sentía un dios. Ese deterioro del ejercicio de la autoridad en el César arrojó a Roma a su estrepitosa caída, pues no es lo mismo servir al pueblo que dirigir la orquesta armónica del universo.
El cristiano católico no lo es por simpatizar con Jesucristo, sino por formar parte de la comunidad en torno a Cristo-Jesús y por aplicar sus enseñanzas en las circunstancias de la vida, comenzando por el respeto y defensa de la vida misma y nutriéndose primordialmente del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, como Él mismo enseñó, «quien come mi Cuerpo y bebe mi Sangre tendrá Vida Eterna». Eso sí es ser «católico, fundamentalmente cristiano» y no presentarse como tal en un intento de ganar los votos del 85 por ciento de la población.
Por último, no es lo mismo la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, que celebramos desde hace dos mil años, sin olvidarnos de ello, que las ansias desmedidas por llegar a la Presidencia de México, de un señor que, recuerde usted, manifestó su indignación hacia los medios porque presentaban como nota principal la muerte de Juan Pablo II y la elección de Benedicto XVI en lugar de publicar, en primera plana, la maraña del desafuero.
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