A 70 años del fallecimiento de Mons. Francisco Orozco y Jiménez
Hombre de Dios que amó y defendió
intensamente su Iglesia
• Xóchitl Zepeda León
El pasado 18 de febrero se cumplieron 70 años del fallecimiento del Obispo Francisco Orozco y Jiménez, figura central del florecimiento religioso de la Arquidiócesis de Guadalajara y un hombre de Dios que veló, desde 1887 en que se ordenó sacerdote, por el bienestar y prosperidad de los fieles.
Su primera tarea como obispo la realizó en Chiapas, donde, en plena juventud, enfrentó el desafío de ser el obispo titular de las regiones más difíciles del País; posteriormente, durante la persecución religiosa llegó a tierras tapatías para encabezar los trabajos del Arzobispado de Guadalajara, donde, en todo momento y bajo cualquier circunstancia, defendió el derecho de los católicos a profesar su fe.
Una vida, dos difíciles destinos
En Chiapas, donde recibió la titularidad de la diócesis el 30 de mayo de 1902, realizó una labor pastoral de once años, marcada por las dificultades propias de un territorio con grandes problemas etnográficos, políticos y sociales, que significaron retos pero no desánimo a su empeño por catequizar y guiar rectamente a sus fieles.
Mas la mayor prueba para su fortaleza espiritual y física comenzó el 13 de febrero de 1913 cuando tomó posesión como Arzobispo de Guadalajara, ya que le tocó gobernar la Iglesia tapatía en una de las épocas más duras que se han registrado en la historia de México, en la que fueron frecuentes los choques entre las autoridades eclesiásticas y las civiles con abundante legislación adversa en materia religiosa, que culminaron en una despiadada persecusión.
La labor apostólica de Mons. Francisco Orozco y Jiménez, quinto arzobispo de Guadalajara, marcó no sólo la historia de la arquidiócesis tapatía, sino de todo el Estado de Jalisco.
Vida pastoral y destierro
El mayor anhelo de Mons. Orozco y Jiménez fue vivir siempre dentro de los límites de su arquidiócesis para estar cerca de las necesidades espirituales y temporales de su feligresía, por lo que los cinco destierros que marcaron los 23 años de su arzobispado, debido a su inquebrantable energía en la defensa de los sagrados intereses de la religión, fue el «pan más amargo que comió» en su vida.
El primero de ellos se presentó quince meses después de haber asumido la titularidad de la sede arquiepiscopal de Guadalajara, y se debió a la persecución religiosa en el País, por la que la mayoría de los prelados emigraron a Cuba y Estados Unidos a partir del mes de mayo de 1914.
Todo por los fieles
Él regresó de incógnito en el año de 1916 con la finalidad de poder proseguir su labor pastoral que lo llevó a recorrer parroquias de la región Occidente, asoladas por el tifo, donde auxilió a los moribundos, confirió sacramentos y ofició en algunas funciones religiosas.
De esta forma visitó pastoralmente, durante diez meses, una parte del arzobispado en medio de graves peligros, incomodidades y privaciones; hasta que el 5 de julio de 1918 las fuerzas federales lo expulsaron de nuevo a territorio estadounidense.
Meses después regresó a México, donde el 25 de julio de 1926 suscribió la Carta Pastoral colectiva sobre la suspensión del culto público, motivada por el decreto presidencial del 2 del mismo mes, que imponía para el libre ejercicio del sagrado ministerio varias condiciones inaceptables. Esto le valió otro destierro que no asumió, prefiriendo vivir por tres años, oculto y perseguido, hasta que una grave enfermedad lo obligó a regresar a Guadalajara, lugar donde este hombre de Dios, que amó al prójimo con la sencillez y profundidad del mandamiento divino y que fincó su vida en un celo profundo por la Iglesia y su amor a la Patria como puntos básicos de su actuación levítica y ciudadana, no sin antes perdonar los ultrajes de los que fue víctima, encontró el reposo eterno el 18 de febrero de 1936, a los 71 años.
|
|