Edición 472
19/02/2006

Semillero de Vocaciones

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Un seminarista opina…
Nuestro mundo anhela paz

Dante Omar Covarrubias Islas
1˚ de Filosofía del Seminario Mayor de Guadalajara

Nosotros, los seminaristas, al igual que muchas personas de buena voluntad, anhelamos también un mundo lleno de paz. Nuestro mundo se encuentra ansioso de paz, y para alcanzarla, la Iglesia hace continua oración. Algunas organizaciones internacionales, como la ONU, se preocupan por lograr que las naciones alcen sus banderas blancas y gocen de sana amistad y tranquilidad.
Puesto que la ausencia de paz, pese a todo, se hace presente y la experimentamos, personal o colectivamente, debemos evitar todo aquello que nos prive de ella, como la injusticia, el odio o el terrorismo, pues nadie quiere vivir de nuevo, por ejemplo, aquella terrible sensación que provocó los ataques del 11 de septiembre de 2001 a las Torres Gemelas de Nueva York.
Sabemos que la paz no es la simple ausencia de violencia o derramamiento de sangre. La opresión ejercida por los grupos de poder puede dar la impresión de mantener la paz y el orden, pero, en realidad, no es sino «el germen continuo e inevitable de rebeliones y guerras» (Papa Pablo VI). La paz exige un orden justo en el que los hombres puedan realizarse como personas; en donde su dignidad sea respetada.

El muro de la enemistad

Allí pues, donde existen injustas desigualdades entre hombres y naciones se atenta contra la paz. Y he aquí que nuestros hermanos de Estados Unidos se presentan como un grupo de poder, que bajo la apariencia de preservar la paz dentro de sus fronteras, pretende la construcción de un muro, cuando en realidad persigue otros intereses, y cancela el diálogo pacífico entre las partes afectadas. Sin embargo, el Presidente de esa nación, George Bush, al parecer no quiere abandonar su idea de construir el muro de la discordia, ya que sus propuestas hasta hoy sólo han ido en la línea de otorgar permisos temporales a los migrantes para que residan en aquel país sólo como huéspedes, pero sin dejar de lado la idea de amurallarse, la cual tendría razón de ser en otra época, donde se levantaban muros para defenderse de enemigos que pretendían invadir y conquistar alguna ciudad o país.
Pero nuestros hermanos mexicanos no intentan conquistar, sino sólo tratan de obtener un mejor nivel económico mediante su trabajo, el cual no pueden conseguir en «casa». Sabemos que de fondo, la solución a este problema se encuentra en que las autoridades de México creen los medios para que la gente no tenga que abandonar su nación y su familia en búsqueda de una vida mejor al otro lado de la frontera.

La paz viene de Cristo

El Papa Juan Pablo II, en una ocasión, señaló: «Ante tal situación tan denigrante debemos acudir al misterio de Aquél que ‘es nuestra paz: El que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad’ (Ef 2, 14). Él nos invita a sentirnos implicados en un compromiso concreto de servir a la paz, ya que, algunas veces, las dificultades que presenta el panorama mundial, nos inducen a pensar que sólo una intervención de lo Alto, capaz de orientar los corazones de quienes viven situaciones conflictivas y de quienes dirigen los destinos de las naciones, puede hacer esperar un futuro menos oscuro».
La paz no se encuentra, se construye. El cristiano es artesano de la paz. Esta tarea, dada la situación descrita, reviste un carácter especial en nuestro continente. Por ello, el pueblo de Dios, siguiendo el ejemplo de Cristo, deberá hacer frente, con audacia y valentía, al egoísmo, la injusticia personal y colectiva. El cristiano que trabaja por la justicia social debe cultivar siempre la paz y el amor en su corazón.

Batalla por la paz

La invitación de Cristo a «orar sin desfallecer» (Lc 18, 1), nos permite esperar que hoy se pueda librar también una «batalla tan difícil como la de la paz». Las personas debemos buscar el diálogo, pues no podemos realizar nuestra dignidad, sino como dueños corresponsables del bien común.
Ante tal situación, que atenta tan gravemente contra la dignidad del hombre y, por lo tanto, contra la paz, todos los miembros del pueblo cristiano debemos asumir la gran responsabilidad en la promoción de la paz.
Que Cristo, Príncipe de la paz, nos ayude en esta desafiante y evangélica tarea.


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