Edición 472
19/02/2006

Vida en Cristiano

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María Luisa de la Torre López. In memoriam
“Mamá” para padres y seminaristas

Jesús Carlos Chavira Cárdenas

Suave como el pétalo de una rosa, ofreció el buen aroma cristiano de su servicio durante toda su vida al Seminario de Tapalpa, y de la caridad para los más necesitados

Aquella puerta café de dos hojas, en el número 172 de la calle Morelos, en Tapalpa, Jalisco, que se abría de par en par, cual brazos extendidos para acoger a todas las personas, en especial a sacerdotes y seminaristas, se ha cerrado.
Seis equipales en el pasillo de entrada, cada uno con un cojín –un pequeño detalle para hacerlo más cómodo a las visitas–; una cruz y un rosario penden de la pared que da a la entrada de la habitación de quien ahí vivía y diera calor de hogar a aquella casa de techo de teja y paredes blancas, como todas las de este pueblo de calles empedradas.
Ahora, en el que fuera su morada sólo hay una vela encendida, flores, un Cristo, una imagen de la Virgen de Guadalupe y sillas para aquellos que se unen en oración por su eterno descanso.
Cerca del comedor, sobre una pequeña mesa donde s e pueden ver fotografías familiares e imágenes religiosas, un pequeño portarretrato con la foto de María Luisa de la Torre López llama la atención, pues se asemeja a una flor. Y es que durante los 78 años que tuvo de vida, la Seño, como era conocida por el pueblo, fue suave como el pétalo de una rosa y ofreció el buen aroma cristiano de su servicio durante toda su vida al Seminario de Tapalpa, y de la caridad para los más necesitados.

Una líder

Lidia de la Torre Morales y Francisca Solano Córdoba quienes hicieron equipo con María Luisa para las labores de apoyo al Seminario o la parroquia, la definen como una líder que nunca se dio por vencida. «Movía a todo el pueblo», afirmó Pachita, mientras que Lidia, añadió: «Nomás su chicharrón tronaba –rió–. Heredó la voz de mando y el afán de servir del Sr. Cura Cipriano González Jiménez –quien fuera párroco de Tapalpa por casi 50 años–».
Lidia y María Luisa dedicaban, en ocasiones, largas jornadas para ir de casa en casa y de puerta en puerta del pueblo, buscando personas de buena voluntad que quisieran colaborar en el lavado de la ropa de los seminaristas; una tradición que en Tapalpa se vive desde hace muchos años, y que ella había heredado de su madre, desde que era una adolescente.
Pachita, por su parte, señaló: «Muchas personas la procuraban para pedirle algún favor, pues era muy servicial con toda la gente. El pueblo sí sintió su muerte».

Amiga de todos

«Sabía tratar a todo tipo de personas, desde niños hasta señores grandes. Fue maestra, catequista, notaria parroquial, agente de pastoral en la parroquia y a nivel diocesano cuando se creó la Diócesis de Ciudad Guzmán; además de ser bienhechora del Seminario», recordó quien fuera formador del Seminario de Tapalpa de 1986 a 1991, el Sr. Cura Guadalupe Miranda, uno de tantos presbíteros que cultivó una amistad con María Luisa y que, cuando disfrutaba de días de vacaciones, siempre llegaba a Tapalpa a casa de ella: «Su casa era un lugar de convivencia, esparcimiento, acogedora y hospitalaria igual que ella».

Mujer de Eucaristía diaria, iba a Misa a la capilla del Seminario o a la capilla de las Religiosas de la Visitación. El Padre Miranda destacó: «Fue un ejemplo completo de cómo se puede servir, en estado de soltería, con mucha generosidad. Era como una mamá, pero también era una amiga, con la que se sentía uno en confianza y que podía ser confidente de sacerdotes».

Por su parte, el Pbro. Enrique del Río Chávez, formador en Tapalpa, quien fue su director espiritual en los últimos cinco años y medio, señaló que María Luisa fue una mujer «muy jovial, optimista y llena de fe, que gastó su vida por la Iglesia. Hacía lo posible para que los demás conocieran, amaran e imitaran a Jesús. Formó a muchas personas del pueblo, con la doctrina y con su ejemplo». Y advirtió que «uno de sus sufrimientos mayores fue darse cuenta de que ya no podía trabajar como antes», pero lo aceptó con paciencia y se abandonó en las manos de Dios.

Afectada por la diabetes, durante el último año de su vida, María Luisa perdió la vista. Vivió su enfermedad en oración, y partió a la Casa del Padre el lunes 6 de febrero pasado, a las 10:40 pm. Media hora después, las campanas de la parroquia anunciaban su muerte al pueblo. Más de 500 personas se dieron cita al día siguiente para darle el último adiós en Misa, en la que concelebraron 16 sacerdotes, para agradecer a Dios por el don de una persona que supo amar a todos por igual, pues las puertas de su casa y su corazón, siempre estuvieron abiertas.


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