Edición 549
12/08/2007

Palabra del Domingo

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La dichosa y atenta espera

Dr. Juan López Vergara

El Santo Evangelio que la Iglesia esboza las actitudes esenciales que debemos observar durante la espera del Señor Jesús, mismas que entrañan confianza y gozo, aunadas a una disposición y desprendimiento absolutos en servicio del Reino (Lc 12, 32-48).

Todo empieza con unas palabras de Jesús que denotan la más amable confianza y afecto, al dirigirse así a los suyos: «No temas, rebañito mío, porque tu Padre ha tenido a bien darte el Reino» (v. 32). La Iglesia es el «rebañito» de Jesús, cuya identidad es su propia modestia en medio de grupos humanos gigantescos, poderosos, eficaces. Pero a ella, no obstante su pequeñez, le ha sido confiado el Reino, es decir, el benevolente proyecto de Dios; de ahí que San Lucas indique que justamente el desprendimiento en favor del Reino debe configurar la misión del pequeño rebaño, no sin subrayar el motivo: «Porque donde está su tesoro, ahí estará su corazón» (vv. 32-34).

Enseguida, el evangelista advierte sobre la importancia de estar preparados en la espera de la venida del Señor, mediante un par de bellísimos ejemplos, magistralmente entrelazados. Primero, el de unos criados que sin perder la alegría y con responsable disposición, esperan que su señor regrese de una boda (véanse: vv. 35-38). Y, segundo, el de un vigilante padre de familia, atento siempre por el bienestar de sus hijos (véase: v. 39). Concluye con la sabia recomendación: «Pues también ustedes estén preparados, porque a la hora en que menos lo piensen vendrá el Hijo del hombre» (v. 40). Jesús enseña a sus seguidores, mediante el referido par de imágenes, la necesidad de una constante apertura a la promesa del Señor en clara sintonía con la decisión de su activo compromiso en la contrucción del Reino.

A continuación, San Lucas nos muestra a Pedro, portavoz del grupo de discípulos, que pregunta a Jesús: «¿Dices está parábola sólo por nosotros o por todos?» (v. 41). El Maestro le contesta justamente con otra imagen, que subraya la responsabilidad comunitaria que tienen los «administradores» de la Iglesia, quienes deben desempeñarse con fidelidad y sensatez (véanse vv. 42-46). Sin embargo, parece ser que al final, el evangelista desea resaltar que Jesús no se dirige ya a los responsables de la comunidad, sino a todos.


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