Además de confesarse, debe restituirse lo robado
Hablando de los Mandamientos de la Ley de Dios, conviene ahora recordar el séptimo, tan necesario en México: No robarás. Ahora bien, la primera consideración al respecto es que aceptando la premisa de que los bienes de la Tierra tienen un destino universal, pues son una creación de Dios, destinada a todos sus hijos; sin embargo, la propiedad privada, dentro de este destino universal, es necesaria para salvaguardar la dignidad, la libertad y para garantizar la subsistencia de la persona humana, pues la propiedad obtiene casa, vestido y sustento, y algunos otros medios para el cultivo de su espíritu, el estudio y su descanso.
Una persona sin ningún bien propio es una persona que no realiza su destino, y además está sujeta a todas las arbitrariedades y opresiones posibles. El séptimo mandamiento, pues, quiere proteger esa propiedad privada, que no debe ser tampoco exagerada, pues si el destino de los bienes de este mundo creado por Dios, es que todos los hombres los disfruten, no puede alguien poseer más de lo necesario y dejar a otros sin nada; tiene que ser una cosa medida y justa.
Mas este mandamiento prohibe especifícamente robar, y hay muchas maneras de hacerlo. No se puede enumerar todas aquí porque el espacio no es el idóneo, pero a grandes rasgos la más evidentes son: El asalto a mano armada, en el que se despoja a una persona de sus bienes personales; el secuestro, abominable crimen hecho para obtener dinero, también es un robo; vender droga a los adictos, es robar, acto que lleva el agravante homicida, porque la droga mata. Robar es también cobrar comisiones exageradas, como lo hacen las instituciones bancarias; pagar salarios de miseria a los trabajadores, es robar, así como cobrar altos sueldos sin trabajar, sueldos exagerados como ahora lo acostumbran muchos políticos. En fin, hay un sinnúmero de ejemplos al respecto a las maneras de robar, entre ellos alterar los registros del catastro para quedarse con propiedades ajenas.
A todas las personas que practican el hurto en cualquiera de sus modalidades, quiero decirles que están violando un mandamiento grave, y que al hacerlo las conduce a la perdición. En este mandamiento no vale sólo el arrepentimiento, como en otros en que tras confesar a un sacerdote la transgresión, ésta se perdona al acudir a Dios nuestro Señor para cumplir la penitencia; pero en el séptimo no, aquí es necesario restituir o condenarse. El que robó, en cuanto pueda, está obligado a devolver lo hurtado, de no ser así no hay perdón; que esto quede muy claro. A las personas que atesoran grandes cantidades de dinero, les pido que examinen en conciencia, si son bien habidas o mal habidas; si son mal habidas, eso podrá ser su perdición, aunque están todavía, mientras vivan, en tiempo de recapacitar y restituir. Sin embargo, si ya no pueden entregarlas a quien pertenecían, pueden devolverlas a los pobres o fomentar obras de beneficencia, de ese modo restituirán a Dios Nuestro Señor lo que adquirieron indebidamente.
El hurto daña profundamente las relaciones humanas, altera el orden social y resquebraja la confianza que los hombres se tienen unos con otros; esto se puede constatar al recorrer las calles de Guadalajara, donde la mayoría de los comercios pequeños o grandes se protegen con un enrejado con una ventanita para atender al cliente, lo que evidencia a una sociedad corrompida, donde el robo con violencia es habitual y donde las autoridades no han podido poner orden; eso es inadmisible. En otros países esto no se ve, pero sí en México, y desde luego aquí en Guadalajara.
Esta falta de honradez y cultura del despojo de los bienes ajenos, son resultados obvios del ejemplo dado por aquellos que han amasado grandes capitales de manera indebida; por aquellos que teniendo la Ley y el poder en sus manos se han aprovechado para apropiarse de los bienes ajenos de manera impune; ante eso, los más desprotegidos también buscan hacerse de lo suyo indebidamente. Esto es un pecado muy grande que contraviene este importante mandamiento de la Ley de Dios que protege los bienes necesarios para la vida y la dignidad de todo ser humano.
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