Sr. Obispo Francisco Gómez de Mendiola
Un hombre de virtudes probadas
• Pbro. Paulo Alejandro González Enríquez
A la muerte del segundo obispo de la entonces Nueva Galicia, la diócesis se hallaba en una situación muy delicada, por lo que se necesitaba un obispo sabio y santo a la vez; un obispo que conociera a fondo la realidad de esta región
El señor Obispo Pedro de Ayala murió el 19 de septiembre de 1569, en esta ciudad de Guadalajara, dejando la sede vacante de la grey tapatía, razón por la cual, todos los hombres de Iglesia y encargados de puestos públicos se comunicaron con el soberano de España, urgiéndole que la designación del nuevo obispo se diera en la mayor brevedad posible.
En sus peticiones externaban el deseo de que fuera un varón de ciencia, experiencia y virtud comprobadas; así consta en dos de las misivas enviadas a Felipe II, donde se le sugería que dicho cargo recayera en el Licenciado Gómez de Mendiola.
Un obispo seglar
Francisco Gómez de Mendiola Solórzano, era un español nacido en Valladolid el 15 de enero de 1519, hijo de Juan de Mendiola y Uribe y de María Gómez de Solórzano. Probablemente los primeros años de su vida los pasó en su tierra natal, donde hizo los estudios de primera y segunda enseñanza y se inició en los de Derecho, que concluyera en la Universidad de México, en la cual obtuvo el título de abogado.
Llegó a la Nueva España en el año de 1540, en compañía de sus padres y hermanos; ejerció la abogacía, destacándose por su rectitud y caridad para con los nativos de la región. Desempeñó los cargos públicos de Alcalde Mayor de la ciudad de Guadalajara y Oidor de la Real Audiencia de la Nueva Galicia.
El rey Felipe II no desoyó las recomendaciones de los habitantes de esta región, y no obstante que el mencionado candidato a ocupar la sede episcopal, no fuera sacerdote, le confió tal encomienda, que recibió la anuencia del Papa Gregorio XII.
Una vez aceptada por el señor Gómez de Mendiola su promoción al episcopado, procuró prepararse convenientemente para el ejercicio del sagrado ministerio, y en un corto lapso fue recibiendo sucesivamente la tonsura y órdenes menores, el subdiaconado, el diaconado y, por último, la unción sacerdotal (1572), para así, en el mes de diciembre de 1574, recibir la consagración episcopal.
Caridad sin límites
El caritativo Oidor, al cambiar la toga por la mitra, se convirtió en un verdadero padre de los pobres. La plenitud sacerdotal vino a avivar más en su alma el fuego sagrado de la caridad, hecho que testifica el historiador García Cubas cuando afirma: «El señor Mendiola fue tan piadoso con los pobres que repartió entre ellos cuanto tenía, aún su propia cama que alguna vez llevó sobre sus hombros para alivio de un indio enfermo».
Vivía donde actualmente se ubica el mercado Corona, en una estrechísima y modesta morada a causa de haber destinado una parte de su finca para la fundación del primer Colegio de Niñas que hubo en la ciudad de Guadalajara. La enseñanza en dicho plantel fue enteramente gratuita y sin limitación de número; sólo exigía que las alumnas fueran pobres, huérfanas y virtuosas; el sostenimiento económico corría por cuenta del señor Obispo Mendiola.
El milagro del alacrán
Se dice que en cierta ocasión en que el caritativo mitrado había dado en limosna todo el dinero que tenía, un pobre indígena le pidió alguna ayuda económica; por estar muy necesitado y no teniendo ya ninguna moneda que darle, Gómez de Mendiola se quedó pensativo, con la vista fija hacía un rincón de su recámara y, advirtiendo que por allí subía un alacrán, lo tomó sin temor y al ponerlo en manos del pordiosero, se convirtió en una reluciente moneda de plata.
Muchos consideran este hecho como una leyenda piadosa, ya que hecho semejante se atribuye también a un prelado en la ciudad de Lima, Perú, así como a Fray Antonio Alcalde; mas sea lo que fuere, lo cierto es que el señor Mendiola alivió tantas penas, remedió tantas necesidades e hizo tantos bienes, que algunos fieles, queriendo que la memoria de tan insigne obispo se conservara por diversos medios a través de los siglos, idearon esto al grado de que dicho acontecimiento sé plasmara en una pintura que se conserva en la Catedral Metropolitana, titulada «El milagro del alacrán», que si no representa un hecho realmente histórico, manifiesta que el señor Obispo gozaba de fama de santidad y, por lo cual, al pueblo no le pareció imposible que hiciera milagros.
Una vida breve, una obra grande
El periodo episcopal de Mons. Gómez de Mendiola, en tiempo, fue muy breve, aproximadamente unos tres años, lapso en el que se desgastó en el servicio a los demás, pero sobre todo, dio un incansable testimonio de caridad hacia los más necesitados, con quienes practicó una auténtica paternidad dándoles no sólo atención espiritual, sino que los proveyó de los medios necesarios para llevar una vida digna, desprendiéndose aún de lo que para él era indispensable.
En la Pascua de Resurrección de 1576, el señor Obispo realizó un viaje pastoral hacia la zona norte de lo que en ese tiempo abarcaba el territorio diocesano; pero dicho viaje se vio frenado por la mano de Dios: En la ciudad de Zacatecas, Gómez de Mendiola entregó su alma al Creador la noche del 23 de abril, a la edad de 57 años, con fama de santidad. La brevedad de su vida en nada refleja la grandeza de la obra del tercer obispo de la entonces Diócesis de Guadalajara, como lo expresa un cronista: «La Guadalajara de todos los tiempos, la de entonces, la de ayer y la de hoy lo ha respetado como santo».
Por mucho tiempo sus restos permanecieron en Zacatecas, pero en 1598 fueron trasladados a esta ciudad, reposando actualmente en la Catedral Metropolitana.
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