Fidelidad y amor dentro de la Iglesia
• Mons. Miguel Romano Gómez,
Obispo Auxiliar de Guadalajara y Rector del Seminario de Señor San José
La fidelidad a Dios supone la fidelidad a Jesucristo y a la Iglesia. A los católicos no les es posible pretender vivir una al margen de la otra
El Papa Juan Pablo II, en una homilía pronunciada en Mérida, Venezuela, en 1985, exhortaba a vivir esta doble fidelidad: «En primer lugar, fidelidad a Jesucristo. Es una justa correspondencia al que es “Testigo fiel”. Fidelidad que ha de ser fruto del amor. Bellamente ha dicho el Apóstol San Pedro en su primera Carta: “A Cristo Jesús no lo habéis visto y, sin embargo, lo amáis; no lo veis todavía y sin embargo creéis en él”. Tal fidelidad a Jesucristo es inseparable de la fidelidad al Evangelio, al Evangelio en todas sus consecuencias. Fidelidad también a la Iglesia. Ser fieles a ella es amarla como Madre nuestra que es; que nos da a Cristo, nos da su gracia y su Palabra, nos alienta en nuestro camino, está a nuestro lado en las alegrías y en las penas, nos instruye en sus centros educativos, levanta su voz contra la injusticia y nos abre la perspectiva de una eternidad feliz. Ser fieles a la Iglesia es vivir también en íntima comunión con los pastores puestos por el Espíritu Santo para regir al pueblo de Dios; es aceptar con docilidad su magisterio; es dar a conocer sus enseñanzas».
La Iglesia es, en efecto, para el cristiano, y más para el consagrado, el lugar privilegiado de la fidelidad. En ella se esconde la auténtica fidelidad a Jesucristo, la absoluta e imperecedera fidelidad de Dios hacia el hombre, la del hombre hacia Dios, y la de los hombres entre sí. Así, quien no es fiel a la Iglesia, y a los compromisos adquiridos por la ordenación, puede dudar de la sincera fidelidad a Jesucristo.
Llamado para amar
La única operación propiamente personal es la de amar, y ésta se realiza en la entrega. Por ello, Santo Tomás considera dos tipos de operaciones humanas, a saber, aquéllas en las que se busca el ser propio y son manifestación de escasez de ser; y aquéllas en las que se busca el bien ajeno, que son manifestación de la plenitud de ser. Santo Tomás pone al hombre con esos dos tipos de operaciones, por lo que se encuentra entre los dos extremos: Por un lado los animales y las plantas lo transforman todo en sí para mantenerse individualmente o a su especie; mientras que Dios es todo donación, donación de su ser al Hijo, que es, a su vez, recepción, lo cual resulta un modo todavía más sublime de amar.
¿Qué es la fidelidad?
El fundamento de la fidelidad
Santo Tomás define la fidelidad como una virtud que consiste en el «cumplimiento exacto de lo prometido, conformando de este modo las palabras y los hechos». Aunque el Doctor Angélico destaca el papel de la promesa, queda explícito que tal promesa ha sido dada a una persona, pues constituye un medio por el que dos personas se vinculan. La fidelidad es, ante todo, fidelidad a una persona, a un «tú» que supone un encuentro interpersonal.
El fundamento para la fidelidad se basa en tres puntos esenciales a tener en cuenta: En primer lugar, la condición de toda persona como un ser para el amor; en segundo, la temporalidad en que vive la persona humana, y por último, el sentido de la libertad. Si se fundamenta a fondo que ser persona, desde el punto de vista metafísico, se comprende desde el hecho de que la persona tiene como excelencia la capacidad de darse.
|
|