Los Mandamientos de la Iglesia
No sólo de ayuno vive el cristiano
• Pbro. Paulo Alejandro González Enríquez
El Cuarto Mandamiento de la Iglesia, que toca tratar en esta edición, es uno de los más difíciles de entender y vivir en nuestros días, en medio de una sociedad hedonista que busca, de mil y una maneras, evitar todo sacrificio y penitencia. La Iglesia nos pide abstenernos de comer carne y ayunar en los días establecidos, para asegurar, así, los tiempos de ascesis y de penitencia que nos preparan a las fiestas litúrgicas y para adquirir el dominio sobre nuestros instintos, y la libertad del corazón.
Esta petición, como la del resto de los Mandamientos de la Iglesia, tiene su fundamento en la Ley de Dios y la enseñanza de Jesucristo, pues Él enseñó que hacer obras de penitencia es condición indispensable para entrar en el Reino de los Cielos: «Yo os digo que si no hiciéreis penitencia, todos igualmente pereceréis» (Lc 13, 3)
Así está estipulado
«Hacer penitencia cuando lo manda la Iglesia»... Hacer penitencia implica la renuncia a muchas cosas, presupone negarse a sí mismo y representa para todo creyente una obligación costosa. Por eso la Iglesia se encarga de recordar este deber, señalando un mínimo de pequeñas mortificaciones en las comidas, que deben ser cumplidas ciertos días del año, pero sin olvidar que es lo mínimo y reducido sólo a un aspecto; cada uno puede elegir libremente otros sacrificios y días, sin descartar los establecidos.
Para comprender
La razón de ser de este precepto se encuentra en el afán de llevarnos a la purificación, de parte de la Iglesia, por medio de la penitencia, ya que cualquiera en su sano juicio no puede negar que haya cometido algunas faltas y que requiere purificar su actuar y mejorar su proceder.
Todos los miembros de la Iglesia, por ley divina, tenemos la obligación de hacer obras de penitencia, y la razón de que se señalen días y tiempos para toda la Iglesia, es manifestar la unidad de los cristianos, dejando claro que no sólo esos días se debe hacer penitencia, y es en este sentido que la Iglesia sugiere como medio de penitencia el ayuno y la abstinencia, que se imponen como obligatorios en algunos días y para personas en capacidad de hacerlo.
En este sentido, hemos de entender que más que la imposición de otro precepto, la Iglesia considera oportuno recordar, mediante esta ley, la necesidad de mantener el espíritu de mortificación y renuncia, que tiene su fundamento en la ley divina: «Hacer penitencia es imprescindible para conseguir el Reino de los Cielos» (Lc 13, 3).
Para vivir
Los días y tiempos con carácter penitencial para toda la Iglesia son todos los viernes del año y el tiempo de Cuaresma de una manera particular, por lo que es necesario recordar que la noción de días y tiempos penitenciales es más amplia que la de días de ayuno y abstinencia.
En razón de un mejor cumplimiento de este Mandamiento, es bueno saber que hay una obligación especial de hacer obras de penitencia los viernes del año y en el tiempo de Cuaresma, y esta penitencia puede ser de diversas maneras, por una mortificación voluntaria, oraciones especiales, obras de misericordia, limosnas, visitar enfermos... es decir, no en todos estos días obliga o se reduce al ayuno y abstinencia.
Dentro de estos días, llamados penitenciales, hay dos especialmente importantes: Miércoles de Ceniza y Viernes Santo, ya que en ellos existe la obligación de practicar el ayuno y la abstinencia.
Para vivir plenamente el Cuarto Mandamiento de la Iglesia se nos recomienda cumplir el ayuno y la abstinencia el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, vivir todos los viernes del año con una especial dedicación a la caridad, la oración y el sacrificio, y vivir de manera especial el tiempo cuaresmal.
Razones de Santo Tomás para hacer penitencia
1. Porque, con la penitencia, la mente, desprendiéndose de lo terreno, se eleva con más facilidad a las cosas del Cielo.
2. Porque la penitencia es un eficaz remedio para reprimir la concupiscencia y vencer los apetitos desordenados.
3. Porque con la penitencia se consigue la reparación de los pecados propios y ajenos.
4. Porque las obras de penitencia son fuente de méritos ante Dios.
|
|