A 81 años de la muerte de Anacleto González y Compañeros
• Pbro. Maurilio Martínez Tamayo,
Párroco de El Dulce Nombre de Jesús
‘Mártir’ significa ‘testigo’. En nuestro caso, se trata de un testimonio rubricado con sangre

Parientes de los Beatos hermanos Huerta, mártires, portando reliquias
que se veneran en El Dulce Nombre de Jesús. Foto: Maurilio Martínez
Sí, hace 81 años la ciudad de Guadalajara y nuestra comunidad de la Parroquia de Jesús, en particular, recibieron el testimonio que con la propia vida rindieron, el 1 de abril de 1927, Anacleto González Flores («El Maestro»), Luis Padilla, Jorge y Ramón Vargas y, dos días después, los hermanos Ezequiel y Salvador Huerta.
El tiempo madura los acontecimientos y la comunidad conserva la memoria de los hechos, porque forman parte significativa de su historia.
«La Capilla», como se conoce popularmente a este barrio tapatío, sintonizó con la muerte de sus mártires, cuyos cuerpos conservó con discreción: el de Anacleto en el Santuario de Guadalupe; los de los Huerta en la capilla del Santísimo, de nuestro templo parroquial.
Hoy la memoria nos lleva a repasar con profundidad estos 81 años que nos separan de los acontecimientos y a tomar conciencia de su sacrificio; ahora que, como beatos, van en camino a los altares.
También sus familiares guardaron los recuerdos, aunque a veces hubieran preferido no tenerlos, para aminorar el dolor. Conservan celosa y piadosamente varios objetos que les fueron cercanos, como parte de la admiración y como signo de esperanza. Varios de ellos se exhiben hoy en el museo catequético de «La Capilla» y, con motivo de un aniversario más, otra parte de dichos objetos se presentará por primera vez en la antesala de la Notaría.
De entre los familiares sobrevivientes, nos han sido especialmente significativos los hijos de los Huerta. De Salvador, el Dr. Eduardo y la Hermana Salesiana Dolores; de Ezequiel, el Hermano Jesuita Ezequiel, quienes suelen honrarnos con su presencia frecuentemente para venerar los restos de sus padres. En el caso de los Vargas, cabe destacar la presencia de la Mtra. María Luisa, quien publicó un breve y ameno relato del momento de la captura de Anacleto y sus hermanos, en su casa, siendo ella una niña vecina.
Actualmente, el Proceso de Canonización sigue en marcha. Toca a nuestra comunidad promover su devoción, invocar con fe su intercesión y esperar que la Divina Providencia nos regale un milagro, para que el Papa los declare santos. Nuestra comunidad parroquial ha de sentirse responsable de esta promoción, puesto que se nos han confiado sus reliquias y se nos proponen como modelos.
Por ello, me he atrevido a sugerir que si en el pasado la gente de nuestro barrio era llamada por las malas lenguas, «Los malditos de La Capilla», ahora, por tener seis beatos que fueron vecinos y parroquianos, seamos reconocidos como «los Benditos de La Capilla».
Ojalá que el mensaje, la elocuente palabra, del «Maestro Anacleto», el testimonio valiente de su martirio, pero sobre todo el ejemplo de su sincera vida cristiana, siga siendo entre nosotros «semilla de cristianos». De esos cristianos adultos e informados que requiere nuestro tiempo, abierto inciertamente, en el inicio del nuevo milenio.
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