Edición 584
13/04/2008

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Participación del creyente en la vida pública

La mentalidad jacobina que todavía se respira en la sociedad mexicana nos impide tratar con madurez el tema de la separación entre Iglesia y Estado, así como el verdadero sentido de la laicidad. No existe tolerancia para lo religioso, pero sí para cualquier manifestación antirreligiosa. No nos movemos en el marco de un espacio neutral, sino, más bien, en el endiosamiento del relativismo, donde ni siquiera la razón tiene cabida; son las emociones las que mandan.

La intención de que cada institución, Iglesia y Estado, se manejen independientemente es excelente, pero algunos quisieran que esta relación estuviera marcada con el signo del conflicto. Tenemos ámbitos diferentes de acción, pero no contrarios ni contradictorios, sino complementarios, como debe ser también la actividad de los sindicatos, de las empresas, de los organismos no gubernamentales, de las instituciones educativas, de los medios de comunicación, etc., respecto al Estado, sin omitir, por supuesto, los errores de cada quien, pero con discernimiento, no con rabia.

Discusiones como las que están ocasionándose aquí, sobre la relación Iglesia-Estado, hablan mal de la todavía incipiente democracia en México. Muestran la pobre capacidad que tenemos para debatir, en otro nivel superior, sobre asuntos que van más allá de lo religioso, y situarnos en una sola referencia general, a saber, el bien común. Los prejuicios que acompañan los acalorados debates ponen un freno a la razón. Otros países, incluso sin población mayoritariamente católica, no se enfrascan en discusiones estériles, sino que, más bien, analizan los proyectos a corto, mediano y largo plazo. Los argumentos no se centran en las personas, sino en las obras. Se ríen de nosotros por nuestras limitaciones discursivas.

El Cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado del Vaticano, en un discurso, con ocasión del lanzamiento del libro “El lugar de los católicos”, del senador italiano Luigi Bobba, expuso los criterios fundamentales del compromiso católico en la vida pública.

En sus comentarios, el purpurado observaba que existen valores que corresponden a la verdad objetiva. Implicarse en una política que daña el bien común no es bueno para nadie, sostenía. Además, insistía el Cardenal, sería erróneo justificar el actuar contra estos valores basando tal decisión en nombre de respetar la conciencia de cada uno, o la supuesta laicidad.

El Obispo de Parramatta, Australia, al presentar una carta pastoral sobre la responsabilidad civil, animaba a los católicos «a llevar la presencia de Jesús a todas las esferas de la actividad humana». Podemos influir en la sociedad haciendo opciones informadas a la hora de opinar, por ejemplo, observaba.

Este mismo prelado, cuyo territorio de gobierno se encuentra en los suburbios de la zona occidental de Sydney, también explicó que esto no es un intento de imponer la doctrina católica a nadie. Creemos, indicaba, «que debemos actuar por el bien de todos, por una sociedad estable, y por la promoción de la dignidad humana, los derechos humanos y la libertad».

La exhortación apostólica «Sacramentum Caritatis», de Benedicto XVI, también toca la cuestión de la conciencia de los católicos que actúan en política. Explica que «el culto agradable a Dios nunca es un acto meramente privado, sin consecuencias en nuestras relaciones sociales: al contrario, exige el testimonio público de la propia fe» (No.83), por lo que urge que también los creyentes manifiesten, públicamente, sus puntos de vista.


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