Oración por los nuevos Obispos Auxiliares
La Arquidiócesis de Guadalajara está de fiesta y muy agradecida, por el regalo que ha recibido en esta Pascua: el nombramiento de dos Obispos Auxiliares, alumnos que fueron de nuestro Seminario, que forman parte de nuestro clero, y que han sido señalados por el Papa Benedicto XVI como dignos sucesores de los Apóstoles.
Un Obispo es un sacerdote que recibe una consagración, al que se le imponen las manos y sobre el cual se invoca la plenitud del Espíritu Santo, para que sea sucesor de los Apóstoles, tenga la plenitud del ministerio sacerdotal y pueda ser representante de Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia.
Cada Diócesis tiene solamente una cabeza; si hay varios obispos, uno es el titular, la autoridad en esa Iglesia, y los demás son los auxiliares. Aquí en Guadalajara hemos tenido, como ya ustedes saben, varios Obispos Auxiliares, habiendo siempre una cabeza, que en la época moderna, de 1958 para acá, ha sido distinguida con la dignidad cardenalicia.
El Arzobispo-Cardenal, es el Obispo propio, la máxima autoridad de la Arquidiócesis, pero como la feligresía y las instituciones de nuestra Iglesia son muy numerosas, se le ha dado apoyo mediante los Obispos que se llaman Auxiliares; éstos tienen la plenitud del Sacerdocio de Cristo, son sucesores de los Apóstoles, pero son subordinados al del Obispo titular, que en este caso es quien les habla.
El Pbro. Francisco González González es originario de Yahualica; fue consagrado el jueves pasado, 10 de abril, en el templo de San Bernardo, al igual que el Pbro. Juan Gutiérrez Valencia, tapatío de nacimiento, ya de edad más madura, pero por ello, con una experiencia pastoral muy larga.
Confirmaron su asistencia con anticipación varios Obispos, al igual que el Nuncio Apostólico, Cristophe Pierre, quien, por así decir, legitimó el nombramiento de los nuevos Obispos para esta Arquidiócesis de Guadalajara.
Ruego a ustedes elevar una oración por estos nuevos Obispos, para que sean dignos representantes de Cristo en esta Diócesis; que sean buenos pastores, ejemplares guías del Pueblo de Dios y sepan conducirlo por el camino del bien y la virtud, que es el camino de la salvación, y que contribuyan también, de paso, con su ministerio, al buen orden social.
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