Edición 584
13/04/2008

Pastor y Comunidad

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Memorable por siempre
A tres años del óbito de Juan Pablo II

Daniel León Cueva


La agilización de trámites en las Causas de Santos y Beatos mexicanos, y la sede del XLVIII Congreso Eucarístico le fueron especialmente agradecidos al Papa Juan Pablo II por el Cardenal Juan Sandoval Íñiguez. Foto: Archivo

Podría decirse que el Papa Juan Pablo II entró con letras de oro en la historia de Guadalajara y se ganó el corazón de los tapatíos. Su persona, sus carismas, su mensaje, su semblante y su voz, no pueden ser olvidados por quienes lo vieron de cerca o de lejos, por quienes estrecharon su mano o lo vitorearon al pasar y recibieron su bendición; por aquellos que, imposibilitados por cualquier circunstancia, sólo supieron de él a través de la prensa, la radio, la televisión o documentales.
Al recordar por estas fechas su deceso, ocurrido el 2 de abril de 2005, transcribimos las impresiones que nos confió el Arzobispo de Guadalajara, Cardenal Juan Sandoval Íñiguez, sobre las características del largo pontificado de Karol Wojtyla, y sus benéficas repercusiones para la Iglesia Católica.
«Estimé mucho al Papa Juan Pablo II. Poseía una extraordinaria figura sacerdotal, que nos inspiró a todos los que nos consagramos a Dios y a todo el pueblo cristiano; un hombre santo. Desde que apareció en escena, crecieron las vocaciones. Los informes que tenemos en la Congregación para la Educación Católica y de los Seminarios, indican que, a partir de 1979, las vocaciones se incrementaron 35 por ciento en todo el mundo, sobre todo hablando de aspirantes al clero secular o diocesano», comenzó diciendo el Cardenal Sandoval.
Echando a volar la memoria, reveló que su primer contacto personal fue el 30 de enero de 1979, siendo él Rector del Seminario, cuando el flamante Pontífice (con apenas tres meses en la Sede Apostólica) visitó Guadalajara y terminó su recorrido justamente en la Casa Mayor de Chapalita, durante un emotivo encuentro con seminaristas de distintas Diócesis. En 1988 lo nombró Obispo Coadjutor de Ciudad Juárez.

Cercanía en Roma

Y descorrió la película hacia el pasado: «En 1990, el Episcopado Mexicano me eligió para ir al Sínodo Mundial de Obispos sobre la Formación Sacerdotal. El Papa tuvo entonces la cortesía de convidarnos a todos los prelados sinodales a comer o a cenar, de modo que sucesivamente estuve en su mesa y lo vi durante un mes en aquella ocasión».
Al mero estilo de don Juan Sandoval, protagonizó un inusual y simpático episodio en medio de la solemnidad de semejante reunión de jerarcas. Sonriente, lo recordó así: «En ese Sínodo se leyó un comunicado de los obispos a los sacerdotes, cuyo tono era: “Los exhortamos a que sean buenos, piadosos, a que estudien y se formen permanentemente”. Una vez leído el texto, yo me apunté entre los que queríamos hacer observaciones.
»En mi turno, y “desde gayola”, allá arriba, donde corresponde a un simple Obispo Coadjutor, comenté: “Este mensaje está como la predicación del párroco, que dice a sus fieles que se porten bien y sean buenos, pero él no se incluye”. Hubo una carcajada general, y el Papa, desde su lugar central y volteando hacia arriba, donde yo estaba, sonrió y movió sus brazos, como aprobando y felicitándome. Ese recuerdo lo tengo muy grabado».

En sus viajes por América

Por segunda vez vino a México el Santo Padre, en ese 1990: «Unos amigos de Ciudad Juárez me prestaron un avión, diciéndome: “Sígale el paso al Papa”. Entonces, con todos los Obispos de Chihuahua, anduvimos muy cercanos a él por todos los lugares que visitó. En 1992, personalmente me invitó, mediante carta, a la Asamblea Plenaria del Consejo del Episcopado Latinoamericano (CELAM), que se celebró en Santo Domingo».


Especiales muestras de simpatía tuvo siempre el Papa Juan Pablo II
en la persona de sus Arzobispos. Foto: Archivo

Honores y deferencias

Como si fuera un relato de hechos recientes, continuó el Arzobispo Metropolitano: «En 1997 se verificó en Roma el Sínodo para América, y el Papa Juan Pablo II me incluyó en la Comisión Preparatoria; luego me nombró relator general del Sínodo, y después quedé integrado a la Comisión Postsinodal». En distintas oportunidades, por cierto, el entrevistado había confiado que fue ésa, precisamente, la más alta y distinguida responsabilidad que le confirió el Sucesor de San Pedro. Claro, vendría, en 2004, la organización del 48º Congreso Eucarístico Internacional (CEI), en Guadalajara, y otras encomiendas más.
«Para el año 2000 –añadió–, yo pretendía que fueran canonizados los mártires mexicanos beatificados en 1992. Y, como en la Congregación para las Causas de los Santos hay muchísimos expedientes, el Santo Padre se rió cuando le pedí que “sacaran de abajo” la Causa del Beato Cristóbal Magallanes y Compañeros y la pusieran “más arriba”. Pronto accedió a que se agilizara el proceso, y nos concedió a los mexicanos un día del Año Santo del Jubileo de la Redención: el 21 de mayo, cuando los canonizó».
Otra deferencia papal inolvidable fue cuando, tras un proceso diocesano ágil, el Pastor arquidiocesano introdujo, en El Vaticano, la Causa del Beato Anacleto González Flores y Compañeros Mártires, e influyó el Sumo Pontífice para acelerar los trámites. La intención era lograr la Beatificación durante el 48º CEI, pero la Santa Sede no lo consideró conveniente, por ser dos casos distintos.

Más muestras hacia Guadalajara

«¿Cuándo habrá otro Congreso Eucarístico Internacional aquí? ¡Ni en cien años!», se preguntó y respondió el Cardenal Sandoval Íñiguez. «Fue otro de los grandes detalles del Papa Juan Pablo II para Guadalajara. Ya lo tenía él decidido y a mí me tocó hacer el protocolo de la petición.
No pudo venir, pero nos habló desde Roma al final del Congreso y declaró el Año de la Eucaristía, que se clausuraría con el siguiente Sínodo. Y de ahí me dejó una “herencia”: el cargo más honroso que he tenido en la Iglesia, el de presidente delegado de un Sínodo Universal, el de octubre de 2005, sobre la Eucaristía, que confirmó luego el Papa Benedicto XVI, cuando fue elegido».
...Todavía parecen resonar las palabras y revolotear la imagen de aquel Vicario de Cristo en el recuerdo de los mexicanos, de quienes se declaró «paisano». Vigoroso para arengar: «¡No tengan miedo!» o «¡vale la pena entregarse por Cristo!», lo mismo que condescendiente para tararear nuestras canciones, aplacar los gritos eufóricos o darle seguidilla (con una sola ‘r’) a las porras que tanta gracia le hacían: «¡El Papa, el Papa, ra-ra-ra!»


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