Edición 584
13/04/2008

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El más prójimo es Cristo

Mons. Miguel Romano Gómez,
Obispo Auxiliar de Guadalajara (IV y última)


El espíritu cristiano está atento a escuchar y comprender;
irradia alegría y mantiene viva la esperanza. Foto: Especial

A la luz del texto del juicio sobre las naciones (Cfr. Mt 25, 31-46), en el que Jesús se identifica con los más necesitados, el mandato de «amar al prójimo como a uno mismo» cambia por «amar al prójimo como a Cristo mismo». Así, el amor a los demás, por Cristo, se convierte en lo más importante, porque, como dice San Juan de la Cruz: «Al caer la tarde seremos juzgados por el amor».
Planteada esta verdad, conviene detenernos y hacer algunas reflexiones. En primer lugar, hemos de considerar el valor y la dignidad de la persona, máxime si aceptamos amar al otro como a Cristo mismo. Y es que, por el Misterio de la Encarnación, el Verbo asumió nuestra naturaleza y se unió a cada ser humano (Cfr. GS, 22). Esto nos transparenta una visión cristiana de los otros, pues no podemos tener una relación con Jesucristo, distinta a la que entablamos con nuestros hermanos (Cfr. Jn 4, 20).

Amor incompleto

Ante tal consideración, pudiera aparecer una serie de «defectos» en la forma de amar a los demás como a Cristo. El primero sería la indiferencia ante las necesidades de los demás, que se manifiesta con expresiones como «es su vida» y «es su problema». Luego vendría juzgar a la persona por el rango que tiene, optando preferentemente por unos y excluyendo a otros. Ello trae consigo, además, la incubación de prejuicios hacia quienes ocupan determinada posición, rango o grado social, sea alto o bajo.
Otro defecto sería apartar el rostro de aquél que ruega, que suplica o pide perdón; que demanda respeto o implora ayuda o afecto. Igualmente común es el defecto de «servirse de los demás», en vez de servir a todos. En este sentido, al parecer hay quienes «se las arreglan» para que Dios siempre «quiera» lo que ellos quieren. Equivaldría, incluso, a pretender servirse de Dios, arguyendo que es voluntad de Él lo que, en realidad, es voluntad o capricho de sí mismo.
Una más de las faltas, lamentable y molesta, es «echar en cara a los demás sus defectos con la virtud propia», lo cual se traduce como el deseo de causar la envidia de los demás, contraponiendo nuestras cualidades y aciertos. Esto, además de humanamente ridículo, es cristianamente inadmisible.
No obstante, brillan también las virtudes en el amor al prójimo, por Cristo. Algunos ejemplos: la atención comedida al pobre y necesitado; recibir y comprender al pecador, sin desprecio; prestar, aun a riesgo de perder y no solamente dinero, sino confianza, tiempo, cariño, asesoría, consejo u otros bienes materiales o intelectuales; cargar con el peso de los demás; sembrar optimismo, unidad, gratitud, concordia. Y, de manera especial, ser portador de esperanza y de alegría para quienes nos rodean.

Siempre contentos

El Apóstol San Pablo, en medio de las grandes pruebas y sufrimientos de los primeros cristianos, los invitaba a estar siempre alegres. Ciertamente, la alegría es otra de las expresiones evidentes de vivir el deseo de configurar la propia vida con la de Cristo. Para algunos, la alegría puede ser algo pasajero o efímero; pero nosotros, junto con el salmista, decimos: «El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres» (Cfr. Sal 125, 3).
No podemos buscar el origen de nuestra tristeza en Dios ni culparlo por ella. Por el contrario, debemos alabar al Señor con nuestra alegría, porque Dios es infinitamente bueno.
La alegría viene a ser un sentimiento de gratitud hacia Dios, pues por su extrema bondad nos entregó a su propio Hijo para nuestra salvación.
Por otra parte, nunca dependerá nuestra alegría de lo que nos falta, sino de la buena administración de lo que tenemos, lo cual nos ha sido dado por la Providencia Divina. Sería lamentable vivir esperando lo que creemos nos hace falta para ser felices, cuando siempre nos rodea el amor de Dios, que es lo único necesario. Por último, habrá que tomar en cuenta que no es tan importante en la vida ser uno feliz, sino procurar en todo hacer felices a los demás.



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