Edición 585
20/04/2008

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Quien me ve a mí, ve al Padre

Dr. Juan López Vergara

Nuestra Madre Iglesia coloca en la mesa de la Eucaristía un texto bellísimo del Señor Jesús. Se trata de un pasaje que pertenece a los conocidos «discursos de despedida», reseñados por San Juan Evangelista. Las palabras de Jesús evocan su testamento espiritual, en el cual orienta a los suyos sobre lo que sucederá cuando ya no esté físicamente con ellos, exhortándolos a no perder la paz (Jn 14, 1‑12).

Un llamado a confiar en Jesús

El pasaje está inserto dentro del primero de los referidos discursos (Jn 13, 31 ‑ 14, 31). Presenta la forma de un diálogo, en el cual, mediante preguntas y respuestas, Jesús ofrece las aclaraciones pertinentes. Da inicio con una invitación a vivir serenamente, fundada sobre la fe en Jesús, quien marchará delante para preparar un espacio a los suyos (vv. 1-2; compárese con Dt 1, 19‑33, especialmente v. 33, texto en el cual se persuade al pueblo a confiar en Dios). Jesús volverá resucitado para llevar a sus discípulos, y les promete: «Donde Yo esté, estén también ustedes. Y ya saben el camino para llegar al lugar a donde voy» (vv. 3‑4).

Jesús mismo es la teofanía

Las palabras de Jesús provocaron, primero, que Tomás le solicitara una explicación: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» (v. 5). Jesús, entonces, se presenta a sí mismo como «el camino, la verdad y la vida» (v. 6); más aún, categórico afirma: «Si ustedes me conocen a mí, conocen también a mi Padre» (v. 7). Pero Felipe se siente desbordado ante el misterio de la persona de Jesús, por ello le pide a su Maestro que les muestre al Padre (v. 8). La respuesta de Jesús es contundente: «Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ve a mí, ve al Padre» (v. 9). Jesús viene a colmar el profundo anhelo que anida en el corazón del hombre, que en voz del orante clama: «Mi ser tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo podré ir a ver el rostro de Dios?» (Sal 42, 3).

Jesús presenta el «autorrelato» del Padre

Terminamos con un bello relato, ciertamente, de matriz judía, que dice así: «Le preguntaron a un rabino: “¿Por qué Dios creó al hombre?” El maestro contestó: “Porque a Dios le gustan los cuentos, y cada hombre es un relato precioso de Dios”». Sin embargo, nosotros, los cristianos, partiendo del don de la fe en Cristo Jesús, creemos que Él mismo es el «relato» más hermoso jamás contado, dado que Él es el mismísimo relato del Padre: «A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado» (1, 18); por ello, los exhortamos a agradecer a Dios el vocacionarnos, justamente con el fin de «reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera Él el primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8, 29).

 

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