Edición 589
18/05/2008

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Familia

Cada mes llegan 50 mil personas a Cd. Juárez
Se ordenan sólo dos
sacerdotes por año



Difíciles circunstancias experimenta aquella Diócesis fronteriza

• Pbro. José Manuel Anceno Rivas

Su aventura vocacional empezó siendo un niño. Desde los 18 años, en la etapa de Filosofía, leía con afán a San Pablo. Realizó estudios de Teología Bíblica en Roma. Fue párroco en Santa María de la Montaña y capellán de un Cereso. Los últimos 13 años ha sido Rector del Seminario Conciliar de Ciudad Juárez, Chihuahua, lugar en donde nació. Ve con preocupación el crecimiento desordenado de la población. Alerta sobre la desintegración familiar. Tiene 65 seminaristas, desde el Menor hasta el último año de Teología. Recuerda con agradecimiento al Cardenal Juan Sandoval Íñiguez, quien fue su Obispo por un breve tiempo. De todo ello habló para Semanario el Padre Héctor Javier Villa Hernández, quien estuvo en Guadalajara una semana para dirigir Ejercicios Espirituales a medio centenar de sacerdotes.

Seminario, lugar de formación integral.

Está convencido de ello. Primero lo vivió en el Seminario Conciliar de Ciudad Juárez; después en el Seminario Regional del Norte, en la ciudad de Chihuahua. Años más tarde, en el Colegio Mexicano en la Ciudad Eterna, casaen donde viven seminaristas y sacerdotes de nuestro País que estudian disciplinas eclesiásticas en las Universidades de Roma. Y desde hace 13 años forma sacerdotes en el Seminario que también a él lo formó. “Nuestros seminaristas son jóvenes normales, ruidosos, inquietos, generosos, dispuestos a iniciar un proceso de formación que los prepare a servir al Pueblo de Dios. Tienen un cierto nivel de docilidad. Nos plantean muchos retos a los 9 sacerdotes que trabajamos con ellos. Y esto último, porque el 50 por ciento no tiene la experiencia de una familia integrada. La figura paterna no ha estado a su lado, por lo mismo su identidad humana está un tanto desfigurada. Pero nos apasiona el reto de ayudarlos a formarse; nos alegra verlos crecer en sus estudios académicos y teniendo una experiencia rica de espiritualidad y una formación para el apostolado con el pueblo, que necesita mucho de los sacerdotes”.

Desintegración familiar, una constante.

Ordenado presbítero en 1984 por su entonces Obispo, don Manuel Talamás Camandari, el padre Héctor Javier, no es ajeno a la problemática familiar. Segundo hijo de una familia de 9, tuvo por 20 años a una hermano con síndrome Dawn y sus padres y hermanos, desde hace más de 30 años, se fueron a vivir a El Paso, Texas. Por otra parte, vivió la experiencia de una parroquia y por 7 años atendió a las personas privadas de su libertad, al ser responsable de la Pastoral Penitenciaria. Ahora mismo, vive esa problemática relacionándose con las familias de sus 65 seminaristas, aunque en realidad son 80, porque 15 provienen de las Diócesis Nuevo Casas Grandes y Cuauhtémoc-Madera. “El que haya muchas familias monoparentales o con ambos padres obreros - señala- hace que los niños vivan prácticamente solos. Y eso definitivamente les afecta, pues la desintegración familiar es una constante. Ya lo había dicho en 1970 el Obispo Talamás Camandari y resultaron sus palabras proféticas: El proyecto maquilador iniciado hace 38 años iba a tocar la estructura familiar, no siempre para favorecerla, y así fue. Allí tiene la Pastoral Familiar de mi Diócesis un reto: acompañar, promover y ayudar a las familias que, por otra parte vienen de muy distintos lugares”.

Ciudad que crece sin la adecuada planeación

“50 mil personas llegan a la ciudad cada mes. Provienen principalmente de los estados de Veracruz, Guerrero, Chiapas y Coahuila. Muchos de ellos con la ilusión de pasar a Estados Unidos, pero cada día lo hacen menos por las restricciones y la vigilancia tan severa que hay en la frontera. La mayoría termina viviendo en nuestra ciudad, que da trabajo en sus maquiladoras a 200 mil personas. Y lo hace en espacios pequeños, en colonias mal diseñadas, sin los suficientes centros de educación, ni campos de recreación y, si a esto se aúnan la proliferación de adicciones, tenemos una bomba de tiempo”, termina diciendo el sacerdote Villa Hernández, con su voz pausada y su típico acento norteño, que tampoco oculta su preocupación por la escasez de sacerdotes (se ordenan solamente dos cada año), aunque pone su confianza en Jesucristo como lo hizo el apasionado San Pablo.

 

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