Edición 589
18/05/2008

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Pastoral Biblica

“La Madre en la Biblia”


“Saray, tu mujer, ya no se llamará Saray, sino Sara, y te dará un hijo. La bendeciré; de ella nacerán pueblos y naciones.”
Génesis 16, 16.

Mtra. Patricia Rabling

La maternidad en el antiguo testamento.

En tiempos bíblicos, la maternidad era lo único que salvaba a las mujeres, en un mundo dominado por los varones, pues si ellas no daban a luz a los hijos, se agotaba la esperanza de la bendición. Sería la extinción de la raza judía, faltarían los brazos para la guerra, y para el trabajo. Por lo mismo, para el mundo femenino de aquel entonces el ser estéril era el oprobio más grande. Ahí se conjugaban sentimientos de fracaso, impotencia y frustración. Hoy, podemos hablar de una Teología de la Maternidad, que nos abre muchos nuevos horizontes para entender su significado tan profundo y a veces, tan incomprendido. Ahora, las mujeres estudiosas de las Ciencias Sagradas, tienen mucho que decirnos desde su propia e íntima experiencia de ser madres, no solo en el aspecto físico, sino también en el psicológico y espiritual.

Mujeres unidas por el
dolor de no engendrar.


En los libros sagrados abundan textos que nos hablan del dolor de la infecundidad femenina: Sara, quien ya anciana gesta la vida de un solo varón, y tiene que esperar muchos años. ¡Cuánto sufrió! Rebeca, que ve correr el tiempo y sufre por no quedar encinta. Y no digamos Raquel, cuyo corazón estaba partido por la impotencia de darle un hijo a su amado Jacob. Ana, la madre de Samuel, suplicaba a Yahvé por que le diera al esperado de sus entrañas. La esposa de Manoa, anónima, pero madre de Sansón, igualmente padeció por lo mismo.

Recordemos el genésis.

Eltexto Bíblico inicial, habla de que Saray, ya no tendrá ese nombre porque ahora se llamará Sara, ella tendrá una nueva misión; será la primera Madre de Israel. Ahí aparece la primera promesa de que precisamente Sara, una mujer estéril, se convertirá en símbolo de fertilidad, ante el asombro de Abrahám. La segunda, apareceen el capítulo dieciocho, en el encinar de Mambré, cuando llegan de visita a la tienda de Abraham, tres hombres.

En este misterioso pasaje Bíblico, se narra cómo el Patriarca los recibe con toda la hospitalidad oriental. Sara, en otra tienda, escucha silenciosa. Abrahám le dice. “¡Pronto, tres medidas de flor de harina, amasa y haz las tortas!”

Si comparamos este texto con el del Evangelio de S. Mateo (C13, V33), referente a “Las Parábolas del Reino,” donde dice: “El Reino de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo”, nos sorprenderemos gratamente por su similitud y su profundidad, y cómo Mateo conoce perfectamente el Libro del Génesis.

En aquellos tiempos, a una medida de harina se le llamaba”seah”, y equivalía a unos 13 kilos de harina de trigo. ¡Imaginen a Sara amasando treinta nueve kilos de harina! Si esto se considera desde el punto de vista de la Espiritualidad Bíblica que va a la esencia, y al más profundo significado del texto, advertiremos la carga simbólica de la “fecundidad”, que la harina que esta mujer amasa puede crecer al punto de alimentar a muchos, no sólo con el pan físico, sino con el pan de su palabra, de su afecto, quienes a su vez crecerán y se multiplicarán alimentados por ella. En este sentido, Sara será considerada pues, simbólicamente, como la madre de todos los pueblos. Y qué hermoso que Jesús nos hable así del potencial de lo femenino, en su Evangelio, que se une a los textos del Antiguo Testamento.

La madre más hermosa.

Pero todas las mujeres madres del Viejo Testamento, habrían de venir a converger en María, la Madre perfecta, Vaso de elección. Su seno fue sagrario de la Vida, pues ahí durmió Jesús niño y se movió entre sus aguas. ¡Experiencia única! Ella fue la escogida por Dios, para ser la bendita entre todas las mujeres, la Rosa Mística más hermosa de los campos de Israel para adornar su jardín. En María, la maternidad vino a ser el más perfecto canto a la vida.

 

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