Edición 589
18/05/2008

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Pastor y Comunidad

Sólo para sacerdotes
Solidaridad entre los presbíteros




Mons. Miguel Romano Gómez
Obispo Auxiliar de Guadalajara y Rector del Seminario.

Los valores de la solidaridad y la justicia nacen y se desarrollan en y por la caridad. La convivencia humana es justa cuando se funda en la verdad; es decir, en el efectivo respeto de los derechos y en el leal cumplimiento de nuestros respectivos deberes; cuando es realizada en la libertad que corresponde a la dignidad de los hombres, que nos lleva a asumir la responsabilidad de nuestras propias acciones y sobre todo, cuando es vivificada por el amor, que nos hace sentir como propias las necesidades y exigencias de los demás, al igual que intensifica la comunión en los valores espirituales y la solicitud por las necesidades materiales de todos.

Justicia con caridad

Sin embargo, la caridad presupone y trasciende la justicia, porque ésta ha de complementarse siempre con la caridad, pues “solamente el amor –también ese amor benigno que llamamos misericordia- es capaz de restituir al hombre a sí mismo”, como lo señala en su número 14 la Encíclica Dives in misericordia, del Papa Juan Pablo II.

Por tanto, no es posible medir nuestras relaciones tomando la justicia como patrón de medida, pues ella por sí sola no es suficiente e incluso puede llevar a la negación de la caridad. La justicia debe experimentar una notable “corrección” por parte del amor, el cual, como señala San Pablo, es paciente, benigno, y todo lo excusa, espera y soporta (Además, por nuestra calidad de cristianos, y máxime como sacerdotes, estamos llamados a llevar las cargas de los otros y con ello dar cumplimiento a la Ley de Cristo, al Mandamiento del Amor. San Agustín, comentando esa cita bíblica, señalaba: “Deber de este amor es sobrellevar mutuamente nuestras cargas… Llevemos nuestras cargas recíprocamente, a fin de que podamos llegar a aquella vida que carece de toda carga”.

Como miembros del mismo Presbiterio, por nuestra característica de hermanos, debemos cuidar y velar por las necesidades de los demás sacerdotes, sean requerimientos materiales o espirituales, sobre todo de aquellos compañeros que padecen alguna contrariedad, moral o física. La motivación debe radicar en el amor, la gratitud y la solidaridad, más que en un mero cumplimiento o en la sola justicia.

Responsabilidad de todos, velar por el bien común

Detalla la Encíclica Sollicitudo rei socialis, no es posible amar al prójimo como a uno mismo y perseverar en esa actitud, sin la firme y constante determinación de esforzarse por lograr el bien de todos y de cada uno, porque todos somos verdaderamente responsables de todos. Nos urge tomar conciencia de que somos herederos de un patrimonio, no sólo espiritual sino también material, que se ha construido con el empeño de las generaciones que nos precedieron.

Esos bienes de los cuales hoy disfrutamos son el resultado del trabajo, sacrificio y cuidados de otros que, en su momento, no buscaron su personal provecho y sí pensaron en el bien de las generaciones por venir.

De nuestra fe en Cristo, que ha derramado en nuestros corazones al Espíritu Santo y que nos ha hecho a todos hermanos entre sí, debe brotar nuestra convicción de velar por las necesidades de los demás, al igual que por cumplir con nuestros deberes y obligaciones como hermanos en el Presbiterio. Al Espíritu Santo invocamos “para poder dar un testimonio de proximidad que entraña cercanía afectuosa, escucha, humildad, solidaridad, compasión, diálogo, reconciliación, compromiso con la justicia social y capacidad de compartir, como lo hizo Jesús”. Así lo asienta el punto 363 del Documento Conclusivo de Aparecida.

 

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