Edición 589
18/05/2008

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El Pulso de la Fé

“Templarios I”


Roberto O’Farrill Corona

En torno a los caballeros templarios existe tanto la historia, con narraciones veraces como; la leyenda, rodeada de fantasías. Algunos afirman, sin sustento histórico, que la Orden fue una sociedad secreta poseedora de poderes emanados de reliquias halladas por los caballeros en el antiguo Templo de Salomón, como serían el Arca de la Alianza o el Santo Grial.

Las leyendas en torno a los templarios han crecido con el surgimiento de sectas y de grupos esotéricos, que con anhelo de obtener arraigo histórico, se presumen herederos del Temple con pretensiones de posesión de conocimientos secretos que nada tienen que ver con la historia verídica de la fundación, crecimiento y abolición de lo que en verdad fue una Orden de la Iglesia, una Orden militar observante de la Fe, que puso a sus más refinados estrategas militares al servicio de los cristianos peregrinos en Tierra Santa. Entre las fantasías se encuentra una que asevera que la Orden del Temple se derivó, siglos después, en la masonería.

Hoy nos fascinan las catedrales góticas con sus vitrales de cristales “al temple” o el acero “templado” de las espadas empleadas para las batallas, pero olvidamos la virtud de la “templanza” como medida ante el exceso, cual se indica en la “Regla del Temple” que dicta: “Porque de nuestra vida sólo ves la corteza de fuera... pero no sabes de los fuertes mandamientos que se encuentran en el interior”.

La historia de los templarios, más que entre pasadizos ocultos y tesoros escondidos, se encuentra en el surgimiento, hace 900 años, de las novedosas órdenes religioso-militares, de las que, la primera fue, la Orden del Hospital, fundada en el año 1099 y la segunda, la Orden del Temple, fundada hacia el año 1120.

Mas, con sus historias o con sus leyendas, siempre ha provocado curiosidad conocer a una de las órdenes más poderosas de las Cruzadas, que después de gloriosas batallas e innumerables triunfos contra los infieles, se encontró al fin de sus días perseguida por el rey de Francia Felipe IV; fue disuelta por bula pontificia del Papa Clemente V, y vio a su último Gran Maestre, Jacques De Molay, morir abrazado por el fuego de la hoguera, peor que el peor de los infieles, contra quienes él mismo había combatido, en favor de la cristiandad.

La vigencia de esta Orden monástico-militar abarcó solamente dos siglos: del año 1118 al 1314. Su fundación se relaciona estrechamente con San Bernardo de Claraval, quien dictara las pautas principales de la Regla que regiría a los caballeros, normas que se basaban en la forma de vida benedictina, muy similar a la Orden del Císter.

El 25 de diciembre de 1118, siete nobles cristianos acudieron ante Balduino II, rey de Jerusalén, para ofrecerse a fundar una Orden de monjes-soldados, que se encargaría de proteger con armamentos a los peregrinos que viajaban a Tierra Santa, a la par de los Caballeros Hospitalarios que ya tenían albergues y hospitales, aunque no todavía estamentos militares. El rey les concedió un lugar sobre las ruinas y los alrededores del Templo de Salomón, donde permanecieron por nueve años; tiempo durante el cual se les sumaron dos caballeros más.

En sus inicios se llamó Orden de los Pobres Caballeros de Cristo, luego Orden de los Caballeros del Templo de Salomón y finalmente, Orden del Temple cuando en el año 1128 el Papa Honorio II reconoció a la Orden, a sus nobles fundadores y a su primer Gran Maestre, Hughes de Payens, quien muriera en 1136, legándole a la Orden su escudo de armas, consistente en una cruz paté roja sobre fondo blanco.

Poco se sabe sobre lo que los nueve caballeros hicieron durante su estancia de nueve años en las ruinas del Templo. Nadie podía entrar sin su consentimiento y durante ese tiempo ellos no salieron a cumplir su misión de proteger peregrinos o combatir al enemigo. Se puede suponer que se dedicaron a rezar, meditar y vivir bajo la Regla aprobada, pero hay quienes afirman que excavaron la zona en busca de reliquias sagradas. A partir de ello, se cree que alguna de las reliquias les revelaría un conocimiento que les ayudó a convertirse en la fuerza económica y militar más poderosa de la cristiandad.

Si acaso hallaron el Arca de la Alianza, el Cáliz Sagrado, o la lanza del centurión Longinos, eso no lo sabe nadie. De lo que sí se tiene comprobación histórica es de que conservaron en su poder, durante años, la Sábana Santa, la tela que cubriera el cuerpo del Señor en el sepulcro y la que traspasara justo al momento de su Resurrección, la misma que hoy se venera en Turín, Italia.


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