Por Dios vivimos y por Él morimos
• Pbro. Tomás de Hijar Ornelas
Si el martirio no se improvisa, y ser testigo de Cristo es un don, el breve ministerio de san Agustín Caloca Cortés acredita sus hondas convicciones, las cuales le permitieron sobreponerse a su índole física, desmañada, y resistir, sin claudicar, a los graves riesgos que afligieron a los ministros de culto a partir del 1º de agosto de 1926
En un rincón de la Suave Patria
La parroquia y cabecera de San Juan Bautista del Teúl, en el Estado de Zacatecas, pero en lo eclesiástico perteneciente a la Arquidiócesis de Guadalajara, fue la cuna del mártir Agustín Caloca Cortés, quien vino al mundo en las postrimerías del siglo XIX, el 5 de mayo de 1898.
Sus altas prendas le hicieron ingresar, a edad muy tierna, en octubre de 1912, al Seminario Conciliar de Guadalajara, donde vivió la abrupta irrupción de un movimiento armado que trastocaría décadas de paz, que mucho tendrían de artificiosas, por sostenerlas un régimen político que giraba alrededor de una dictadura omnímoda, pero en la que fue un hecho que se limpiaron de bandoleros los caminos reales, hubo control en los precios de los productos básicos, así como orden y progreso.
La guerra
La inestable gestión de Francisco I. Madero, su renuncia a la suprema magistratura y su trágica muerte, fueron el detonador de una serie de incidentes que cobraron forma en el Plan de Agua Prieta, que trajo de los Estados del Norte de México, ríos de rebeldes, cuyos caudillos albergaban una gratuita animosidad en contra de la Iglesia, considerándola aliada, a través del Partido Católico Nacional, del usurpador General Victoriano Huerta, jalisciense, nacido en Colotlán.
Eso explica la fiereza con la que ese vendaval arrasó el Occidente, el Bajío y el Altiplano de México durante los meses que duró la campaña que finalmente introdujo en la Ciudad Capital a los seguidores del aludido Plan.
Jalisco y su capital fueron tomados por los que se daban el nombre de constitucionalistas, pero pronto quedó a merced de dos facciones irreconciliables: carrancistas y villistas. Y así, desde el 8 de julio de 1914, todos los templos, hospitales, colegios y conventos de la Iglesia, fueron incautados, entre ellos el espléndido edificio del Seminario, cuyos alumnos se disolvieron. Uno de tantos jóvenes dispersos, fue Agustín, quien regresó con su familia en el verano de 1914.
Los renglones torcidos de Dios
Cuando lo supo el Párroco de Totatiche, don Cristóbal Magallanes, sin pensarlo mucho quiso seguir cultivando los gérmenes de vocación del joven Caloca, y uniéndolo a otro prospecto, José Pilar Quezada Valdés, inició con ellos un Seminario Menor Auxiliar, en la cabecera de su circunscripción.
Agustín pudo reincorporarse al Seminario de Guadalajara en octubre de 1919, distinguiéndole su aplicación al estudio y su sólida piedad. Ordenado Presbítero, a petición del Párroco de Totatiche fue nombrado su Vicario Parroquial, primero y único destino ministerial, el cual cumplió de manera edificante, entregado a sus responsabilidades, a la atención de los seminaristas y a las obras de apostolado, en especial, a la catequesis y divulgación de la Doctrina Social de la Iglesia.
Capturado por el ejército federal dentro de los límites de la Parroquia de Totatiche el 21 de mayo de 1927, sufrió, junto con su Párroco, vejaciones y malos tratos, que concluyeron con la injusta aplicación de la pena capital, la mañana del 25 de mayo de 1927, en la ciudad de Colotlán.
Ante la inminencia de la muerte, el padre Caloca se mostró angustiado, pero su compañero de martirio lo confortó: “Reanímate, Dios quiere mártires: un momento y estaremos en el cielo”. El Padre Caloca dijo que hacía suyas las palabras del señor Cura, y añadió: “Nosotros por Dios vivimos y por Él morimos.”
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