Edición 592
08/06/2008

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Editorial

La tranquilidad
perdida


Escuchábamos que sólo había asesinatos y balaceras en otras entidades de la República, pero no en Jalisco. Que nos diéramos cuenta de ‘algunas’ ejecuciones, pensábamos, no era para alarmarse. Pero, después de lo sucedido el pasado domingo en Zapopan, no podemos estar tranquilos. Las autoridades respectivas han hecho diferentes declaraciones. No sabemos si los anuncios que nos han hecho de que no debemos preocuparnos los hagan por estrategia, por menosprecio o por ignorancia.

Si la intención de quienes están al pendiente de la seguridad al decirnos que es algo aislado es por estrategia, es entendible; pero si es por menosprecio o por ignorancia, es preocupante. No creemos que estén con los brazos cruzados. Queremos pensar que sus cuerpos de inteligencia están trabajando árduamente en analizar esta situación. ¿Se les está escapando algo de las manos? ¿Han perdido el control?

No debemos alarmarnos de más, pero tampoco nos podemos quedar como si nada estuviera pasando. Los focos de alerta se deben encender, antes de llegar a la tranquilidad perdida.

Las bandas que operan en el País han demostrado tener más fuerza, en todos los sentidos, que los cuerpos de seguridad que las combaten. Por lo menos han tenido mejor armamento y mejores planes de operación, sin mencionar sus tácticas de intimidación. No quisiéramos que en Guadalajara o cualquier otra población del Estado estuviéramos sitiados por el miedo.

Estas bandas merecen nuestra atención porque son operadas por seres que, cada vez más, están dispuestas a todo, y han perdido el respeto por las personas inocentes. Sus métodos son cada vez más crueles. No tienen ninguna piedad.

En la novela de Dostoyevski, “Humillados y ofendidos”, uno de sus personajes, con el nombre de Bielinski, un famoso crítico, muere. Ijméniev, un viejo de la narración, le pregunta a otro de los personajes, Vania, sobre la situación de Bielinski, y textualmente le dice:

“Y Bielinski, ¿todavía hace críticas?
– Murió tísico…; ya creo habérselo dicho, le respondió Vania.
- ¿Que murió?, dijo Ijméniev, ¡Hum! ¡Muerto! ¡Si tenía que suceder! ¿Ha dejado algo a su mujer y a sus hijos? Tú me dijiste que tenía mujer. ¿Por qué se casará esa gente?
- No, no ha dejado nada, le respondió Vania con tristeza.
- ¡Ya ves! ¿Ves, Vania? ¡Ya me figuraba yo que había de acabar así! ¡No ha dejado nada! Lo presentía. ¡Conque murió Bielinski! ¿Cómo no había de morir?”

El final de Bielinski se puede identificar, con todos los detalles de la narración, con el final de cada narcotraficante (algunos hasta lo podrán desear), de cada individuo metido en el bajo mundo del crimen; pero en el caso nuestro, Bielinski no muere solo. Se lleva de por medio injustamente a muchas personas y, sobre todo, mata para siempre la tranquilidad de un pueblo que duda de que pueda ser protegido por sus autoridades.

 

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