LA MISERICORDIA TIENE LA ÚLTIMA PALABRA
• Juan López Vergara
Nuestra Madre Iglesia ofrece para este domingo un texto del santo Evangelio según san Mateo, que nos motiva a considerar el misterio profundo de toda vocación a la vida cristiana: El seguimiento de Jesús; y más aún, nos invita a contemplar el Misterio de la Persona de Jesús, quien afirmó haber venido para reconciliar a los pecadores y para sanar a los enfermos (Mt 9, 9-13).
Jesús embelesa
El recuerdo de la vocación de Mateo aparece con una concreción genial, pues no falta ni sobra una sola palabra: “En aquel tiempo, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado en su mesa de recaudador de impuestos, y le dijo: ‘Sígueme’. Él se levantó y lo siguió” (v. 9). Ciertamente, la iniciativa corresponde a Jesús, quien se fijó en él y lo invitó a seguirlo. Mateo, sin proceso alguno de discernimiento, se puso en pie y lo siguió. Toda vocación entraña un hondo misterio, pero la de aquel recaudador parece aún mayor. ¿Sería el embeleso causado por la persona de Jesús el responsable de la insólita decisión de Mateo?
Ante Jesús nadie se queda indiferente
Aquel encuentro había que celebrarlo, motivo por el cual Mateo abrió de par en par las puertas de su hogar y dispuso un banquete, en el cual participaron, por supuesto, Jesús y sus discípulos (véase v. 10). Ello molestó a los fariseos, quienes preguntaron a los seguidores de Jesús la razón por la que su Maestro comía con publicanos y pecadores (véase v. 11).
El rabino Jacob Neusner, en un libro sorprendente, que parte de una entrevista imaginaria sumamente respetuosa y sincera con Jesús, comenta: ‘La gente responde. Algunos con ira, algunos con admiración, unos con fe genuina. Pero nadie se marcha indiferente a Jesús y las cosas que dice y hace’ (Un rabino habla con Jesús, Encuentro, Madrid 2008, p. 40).
Cristo Jesús vino a salvar a los pecadores
Entonces, Jesús se dio cuenta y les dijo: ‘No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos’ (v. 12); e inmediatamente después, mandó a aquellos fariseos a estudiar: ‘Vayan, pues, y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores’ (v. 13). Se trata de una referencia al profeta Oseas (véase: 6, 6), en la cual se nos enseña que Dios prefiere la actitud interior de un corazón sincero y compasivo a la práctica rigorista y exterior de la Ley. En la Carta a Timoteo, su autor, categórico, confiesa: ‘Es cierta y digna de ser aceptada por todos esta afirmación: Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores; y el primero de ellos soy yo’ (I Tm 1, 15). ¡En el corazón del Reino propuesto por Jesús, la misericordia tiene la última palabra!
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