Edición 592
08/06/2008

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Pastor y Comunidad

Benedicto XVI y
la dictadura del relativismo




Mons. Miguel Romano Gómez
Obispo Auxiliar de Guadalajara.

El pasado mes de abril el Santo Padre efectuó su primera visita a Estados Unidos. Se trata, sin duda, de uno de los viajes más importantes que el Papa ha programado para este año pues, entre otras actividades, fue particularmente importante su intervención en la Sede de la Organización de las Naciones Unidas, en Nueva York.

Ahí, al igual que Paulo VI y Juan Pablo II lo hicieron, habló en nombre de Cristo y de la Iglesia, recordando la inigualable dignidad de cada ser humano desde el momento de su concepción hasta su muerte, además de haber formulado un atento y vehemente llamado a la paz y a la no violencia entre las naciones.

Muy significativas fueron también las palabras que dirigió a los obispos estadunidenses, reunidos en el Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción, donde resaltó la grandeza y la belleza de la vocación sacerdotal, pese a las lamentables caídas de algunos clérigos de ese país en los últimos años. Las vocaciones consagradas son un don para toda la Iglesia –enfatizó el Sumo Pontífice- y por ello debemos pedir constantemente el incremento de santas vocaciones al sacerdocio ministerial.

Otra manipulación

El Vicario de Cristo, asimismo, es consciente de los retos y peligros que enfrenta nuestra actual sociedad posmoderna y, al visitar la nación más influyente del mundo, no dudó en hablar sobre sus habitantes. Ya en diversas ocasiones, antes y después de su elección como Romano Pontífice, había aludido a los desafíos que todos enfrentamos, principalmente los católicos.

De hecho, el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, previamente a convertirse en el Obispo de Roma, señalaba la existencia de una dictadura del relativismo que, junto con el hedonismo, el consumismo y el permisivismo, constituyen las principales tendencias negativas que obstaculizan toda labor evangelizadora. Para muchos, la verdad objetiva simplemente no existe, porque cada quien escribe su propia verdad. Es por ello que el Cardenal Ratzinger apuntaba:

“La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido zarandeada a menudo por estas olas, llevada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, hasta el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateísmo a un vago misticismo religioso; del agnosticismo al sincretismo, etc. Cada día nacen nuevas sectas y se realiza lo que dice San Pablo sobre el engaño de los hombres, sobre la astucia que tiende a inducir a error (Cf. Ef 4,14). A quien tiene una fe clara, según el Credo de la Iglesia, a menudo se le aplica la etiqueta de fundamentalismo, mientras que el relativismo, es decir, dejarse ‘llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina’, parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos”.

Cada uno de nosotros puede advertir que la tendencia cultural dominante busca la homologación de visiones y actitudes que destacan el buscar una emancipación de los valores, para dar paso a una cierta “pluralidad y tolerancia”, que finalmente desembocan en un relativismo religioso y moral. Parecería que, bajo estos conceptos, debiéramos aceptar faltas graves que van en contra de la dignidad humana y de la Ley de Dios. Así, por citar un ejemplo, cuando alguien se manifiesta en contra del aborto, la opinión pública lo tilda de retrógrada e intolerante.

Ética relativa

Hace un año, en la inauguración de la Quinta Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, el Papa advertía que, en la búsqueda de una libertad absoluta, algunos excluyen de su horizonte a Dios, falsificando así el concepto de la realidad, y terminan en caminos equivocados y en respuestas que destruyen el proyecto vocacional de cada hombre.

Como consecuencia, emerge en nuestra sociedad, cada vez con mayor fuerza, una sobrevaloración de la subjetividad individual, caracterizada, según describe el Documento de Aparecida, “por debilitar los vínculos comunitarios y propone una radical transformación del tiempo y del espacio, dando un papel primordial a la imaginación”.

Ahora se relega la preocupación por el Bien Común y la búsqueda de la verdad, para dar paso a la realización inmediata de los deseos de los individuos, creando así una nueva ética que podríamos nombrar como “ética de la responsabilidad”, que determina como importante que aquello que la persona hace, lo haga responsablemente; es decir, basta que esté convencida y se sienta bien con lo que ha hecho, para que la acción sea buena, sin considerar la bondad o la maldad del acto realizado.

Por ejemplo, es muy frecuente percatarse de justificaciones a acciones determinadas, objetivamente malas, arguyendo que se hicieron “por amor” o porque la persona estaba convencida de lo que hacía. Se trata, pues, de un peligroso sistema ético basado en el relativismo, y que exalta la subjetividad por encima de la objetividad.

 

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