¡Ánimas que llueva!
Fray Pedro Buzeta, benefactor del agua para Guadalajara
Aunque algunos equivocadamente llaman “Padre” Buzeta a esa calle del Sector Hidalgo, en el Barrio de Santa Teresita, lo cierto es que su nombre auténtico es Pedro Buzeta, en honor a aquel lego franciscano que sabiamente proyectó el encauzamiento de agua abundante y cristalina para Guadalajara, proveniente de veneros de Zapopan. Se le recuerda con un modesto monumento en la Plaza de la República, junto al de la Madre Patria.
• Profa. Raquel Guadalupe
Núñez Rojas
A principios del Siglo XX todavía el clima de Guadalajara era considerado entre los más benignos del mundo. Sin embargo, a causa de la desconsiderada tala de los bosques cercanos a la ciudad, de la desmedida proliferación de autos que transitan por sus calles, y de otros factores diversos y adversos, los tapatíos que tuvimos la suerte de disfrutarlo añoramos hoy aquel preciado clima, orgullo de nuestros antepasados.
No todo proviene de la
atmósfera
Con todo, el benéfico clima no era suficiente para el bienestar de los guadalajarenses. Desde sus primeros años de vida, la capital de la entonces Nueva Galicia afrontó graves problemas de escasez de agua, que se recrudecieron con el crecimiento de la población. Tanto vecinos como autoridades recurrían con frecuencia al Rey de España solicitándole apoyo económico para sufragar las obras indispensables con tal de allegar agua a la ya sedienta ciudad.
El historiador Alonso de la Mota y Escobar, refiriéndose a esta penuria, narra lo siguiente: “El agua que se bebe en Guadalajara es, comúnmente, de algunas fuentes cercanas que tienen manantiales de agua razonable. Los regalados (afortunados) beben de otros ríos y fuentes mejores, que son distantes de dos a tres leguas. Pasa por la ciudad un arroyo perpetuo de agua mal salobre que sirve de lavaderos de ropa blanca, y con esa mala agua muelen cuatro molinos de dos piedras que hay muy cerca, en que se muele todo el trigo que se gasta aquí…”
Pachorra de trámites y remedio
providencial
Ya desde entonces, la burocracia era el peor enemigo de los tapatíos, como lo prueba este dato: La primera petición a la Corona para calmar la sed, fue por el año de 1540 (muy cerca del asentamiento definitivo en el Valle de Atemajac). 130 años después, en 1670, se imploró nuevamente. Luego en 1692, aunque sin respuesta favorable. Fue hasta 1732 cuando Fray Pedro Buzeta dio inicio a las obras de introducción del agua para la ciudad, las que concluyó en 1740. Así pues, ¡200 años transcurrieron para satisfacer una demanda urgente de la población!.
En septiembre de 1741, el lego franciscano, con motivo de la introducción del agua, dibujó un hermoso plano de la ciudad que define los espacios ocupados por los conventos, determina las plazas, señala los templos e indica las casas de las familias de posición a las que llegaban los caños con el codiciado líquido.
También escribió letreros con dedicatorias a los gobernantes; precisó el número, término y medida de la obra, la cantidad de fuentes, el costo y otras minucias, con tal de ilustrar cuánto fue menester para proporcionarle a Guadalajara el agua que requería.
Fue hasta 1732 cuando Fray Pedro Buzeta dio inicio a las obras de introducción del agua para la ciudad, y las cuales concluyó en 1740. Así pues, ¡200 años transcurrieron
para satisfacer una demanda urgente de
la población!.
Colocó, en la Plaza Mayor y Real, un rótulo con el siguiente texto: “Reinando la Católica y Real Majestad del Señor Felipe V, se hizo esta obra de la conducción del agua, a cuyo costo aplicó su Real Munificencia los ramos de su Real Hacienda de Vinos y licencia de partidas, junto con el producto del abasto de carnes con que concurrió esta noble ciudad”.
Las lluvias se niegan,
pero luego anegan
Los tapatíos ya nos hemos acostumbrado a los variables temporales de aguas: unas veces tardíos y otras tempranos; ora copiosos ora discretos. También nos hemos habituado (¡faltaba menos, y desde hace siglos!) a las tempestuosas tormentas que suelen abatirse desde el Cerro del Cuatro hasta la Barranca del Río Santiago; de Tonalá a Zapopan, y que causan sobresalto y angustia a los visitantes, debido a los fuertes vientos que las acompañan, a los relámpagos y truenos constantes… Y que, ahora, traen consigo lamentables inundaciones, apagones y además embotellamientos del tránsito vehicular por todos lados.
Otro cronista e historiador, Matías de la Mota Padilla, describía así estos fenómenos meteorológicos: “Siempre han sido espantosas en Guadalajara las tempestades. Por ser la tierra más caliente y seca, despide vapores en tiempo de lluvias; tales, que se forman ‘tormentones’ que, por la fricción de aires encontrados, despiden tantos rayos que no parece sino que el enemigo universal del género humano tira a destruir la ciudad…”
Y por su parte, Ignacio Manuel Altamirano se solazaba en 1863, en su novela “Clemencia”, describiendo de este modo los aguaceros tapatíos: “El cielo aparece siempre entoldado de nubes sombrías y tempestuosas; la cordillera no se distingue en el horizonte oscuro; la ciudad se envuelve en un manto de lluvia; silba el viento de la tempestad en la llanura desierta; se estremece el espacio a cada instante con el estallido del rayo, y el valle todo aparece magníficamente ceñido con una corona de tormentas. En pocos lugares de la República puede contemplarse el grandioso espectáculo como en Guadalajara, que pudiera llamarse la hija del trueno y de la tempestad…”
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