Sólo los valores de la fe
y la moral pueden generar una sociedad fraterna y justa
En este mensaje semanal, abordo un tema serio, de mucha actualidad y aplicación en nuestra vida personal y en nuestra entorno social. Se trata del binomio fe y moral.
Toda religión tiene principios dogmáticos que constituyen el fundamento de la fe, y normas prácticas, que son sus preceptos morales.
Nosotros somos fundamentalmente un pueblo cristiano; la mayoría tenemos una fe que nos señala creer en un solo Dios, Uno y Trino; en Cristo nuestro Redentor, que se encarnó de la Virgen María; una fe que nos enseña que hay perdón, misericordia y la esperanza de una vida eterna; principios dogmáticos expresados cabalmente en nuestro Credo.
Pero tenemos también normas morales, fundamentalmente manifestadas a través de los 10 Mandamientos que dio Dios a Moisés en el Antiguo Testamento, y que Cristo Jesús avaló y ratificó en el Nuevo, y de imprescindible cumplimiento para alcanzar la Vida Eterna.
Asimismo, tenemos el espíritu de esa moral, que es la imitación de Cristo, o sea, la necesidad de asumirlo como nuestro modelo y ejemplo. Él se hizo hombre para poder señalarnos el camino de la fe y la moral, indicándonos que sin fe no hay moral, y sin moral, la fe tampoco vale.
Nuestro pueblo ha sido, en términos generales, un pueblo de fe, aunque a veces la moral ha fallado. Sin embargo, actualmente, y por desgracia, también la fe ha comenzado a flaquear, sobre todo en ciertos círculos determinantes para la vida de nuestra sociedad y del País entero.
Es cierto que hay el anhelo de vivir en una sociedad fraterna, justa, veraz, solidaria, etcétera, pero personajes muy importantes de esa misma sociedad han puesto de relieve el hecho de que, sin fe, esos pretendidos valores morales son inaccesibles.
Desde hace ya siglo y medio, o más, cuando se consiguió expulsar a Dios de la vida pública y de las aulas de enseñanza, las generaciones han venido creciendo, una tras de otra, con poca o nula formación religiosa en cuanto a fe y valores morales. Así las cosas, ¿por qué admirarse de la enorme corrupción que ha permeado todos los estratos de la vida social, política y económica en México? ¿de la vida pagana o semipagana en que están inmersos tantos que, inclusive, se llaman cristianos?.
Ese buen deseo de vivir en una sociedad donde no hubiera tanto robo, tanta violencia desatada que arrasa vidas humanas, donde hubiera respeto por la familia, el matrimonio, la inocencia de los niños, etcétera, pero donde la fe, y por consiguiente la moral están ausentes, es imposible de cumplir.
Y la razón de que sin fe no puede haber moralidad, es que el hombre, si no tiene presente a Dios, si niega una eternidad, entonces se las arregla con el presente a su placer, sobre todo si es un hombre que disfruta del dinero y del poder, pues sabe que teniendo esos atributos en este País, nadie se le puede enfrentar, y por lo tanto puede obrar como le venga en gana, cometer cuanta injusticia se le ocurra para su provecho, consciente de que las leyes y la justicia no son para él, sino sólo para los pobres y débiles.
Así pues, si no hay fe en un Dios eterno del cual procedemos y al cual enfrentaremos al terminar esta vida, para ser juzgados por Él y recibir sentencia irrevocable y justa, pues entonces la moralidad sale sobrando.
Muy importante es que consideremos que, si queremos que las cosas realmente cambien para bien, tendremos que luchar por heredar una sociedad que no siga por este derrotero de corrupción, injusticia y “valores” mal entendidos, y para ello hay que recurrir a los principios fundamentales de nuestra fe y de la moral garantizada por un Ser Supremo que nos entregó esos mandatos positivos, nos los imprimió en el corazón y nos ha de juzgar conforme al cumplimiento o transgresión de ellos.
Solamente así, podrán muchos seres humanos, refrenarse, dominar sus pasiones, y contribuir a una sociedad fraterna y justa.
Lo que digo, ojalá caiga sobre todo en el corazón y la mente de los padres de familia y de los líderes de esta sociedad; pues aquéllos, son los responsables de educar cristianamente a sus hijos en la fe, de infundirles el amor, el temor santo de Dios y el respeto a sus preceptos morales; y éstos, los gobernantes, antes de pretender edificar una ciudad terrena, deben de tener en cuenta los principios que derivan de una visión trascendente de la existencia humana.
Dios los bendiga.
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