Fantásticas y sabrosas leyendas tapatías – La casa del nopalito
Publicado en web el 11 de Julio, 2008Guadalajara, sobre todo en su centro histórico, está llena de recuerdos, de sucesos, unos reales, otros llenos de imaginación y de ingenio popular, que han ido pasando a través de generaciones por la vía del cuento platicado o impresos en publicaciones que casi nadie consulta
• Luis Sandoval Godoy
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Donde ahora se levantan las oficinas y talleres de El Informador, existió, por allá en los oscuros años de la Colonia, un caserón siniestro al cual se refiere el Padre José Trinidad Laris (Historiador y Cronista en el Siglo XX) con el nombre de “La Casa del Nopalito”, y aunque no explica el porqué de la designación, sí hubo, arriba de sus muros carcomidos de adobe, un nopal que creció por sí solo, debido a la incuria y el abandono en que se tuvo tal casa por muchos años.
Conocer los orígenes de un sitio, saber cómo fue la amplia y tenebrosa finca donde ahora tiene sus instalaciones este diario, mueve la curiosidad de las actuales generaciones que lo han visto subsistir.
Sin atender al nombre con que signa el Padre Laris su evocación, da en cambio una serie de pormenores sobre lo que fue en aquellos tiempos “esta casona por los cuatro costados colonial, y cuya entrada principal fue la admiración, en varias centurias, de muchas generaciones, curiosas unas, estudiosas otras”.
Se hace lenguas el autor “De las Cosas Neogallegas” (historias, anécdotas y leyendas) sobre la suntuosidad del portón de ingreso, por el cual, sigue diciendo, todos los tapatíos “vaciaron su veneración ante la simetría y finura de los motivos arquitectónicos cincelados en piedra.
“No hay dato alguno que nos diga quiénes fueron los ejecutores de los jambajes de este monumento arqueológico que no perdió con los años la magnificencia de sus relieves, donde descuellan motivos iconolíticos conservados en su labrado. Esta portada se conserva actualmente en el Museo”.
Érase una vez…
Luego de estas ponderaciones acerca de la belleza del pórtico mencionado, adopta el Padre Laris un acento anecdótico; entra en lo que debe leerse como una leyenda, lo que veían y decían los habitantes de la ciudad en relación con este caserón extraño.
“La crónica nos cuenta que el primer dueño fue un rico y rancio español, de la familia de González Arandas, descendiente del acaudalado montañez D. Juan González Arenas, una de las casas fundadoras de Guadalajara en el Valle de Atemajac.
El personaje poseedor de esta finca pasaba largas temporadas en la Madre Patria, sin zozobras ni ajetreos, tanto por sus caudales como por su vida de soltería, que llevó en gozosa ufanía”.
Añade el relato que este afortunado ibero guardaba sus riquezas incalculables en arcones de macizo fierro; tesoro que en su ausencia era custodiado con gran fidelidad por un mayordomo que por nada de este mundo hubiera hecho traición a su señor amo.
Vejete experimentado y conocedor de su responsabilidad, fue un criado fiel que se aisló del resto de los mortales en una especie de clausura tan rígida que ni los vecinos de enfrente le vieron salir jamás a la calle.
La tradición, abultada, nos ha dejado esta noticia del expresado sujeto: vestía como un carcelero, su fisonomía era extraña y recelosa, desconfiaba aun de su propia sombra y sólo se dejaba ver de una mujer de aspecto humilde y piadoso, eternamente vestida de negro y con un manto raído, color de ala de mosca, que mañana tras mañana se acercaba a la puerta de la casona donde la esperaba el mayordomo en una especie de torno como el de los conventos; allí recibía éste una canastita cubierta con una blanca servilleta de bordes deshilados que arropaba las modestas viandas, potajes gustados por las gentes del pueblo, alimento para las veinticuatro horas del día.
Los curiosos jamás supieron el nombre del ermitaño más que fantástico, y sólo atisbaron que tenía una lustrosa calva, más reluciente que la de Esquilo.
Al morir el rancio montañez en una de sus fincas de campo, en Navarra de España, constituyó su único y universal heredero de su inmensa fortuna a su fiel criado, quien misteriosamente anocheció y no amaneció en Guadalajara, dejando cerrada a piedra y cal la lúgubre mansión donde había envejecido.
Nadie por nada de este mundo se atrevió no ya a desenrejar la puerta, ni siquiera a pasar frente a ella, hasta que el Tribunal de la Santa Inquisición la declaró desierta y abandonada, fijando en sus muros primero un decreto alusivo y después estableciendo en ella la Oficina del Santo Oficio”.
Emocionantes elucubraciones
Hasta aquí la larga cita del Padre Laris, quien a continuación se pone a dar nombres, hechos y acciones de la Inquisición en la Nueva Galicia, haciendo alusión a algunos casos que se ventilaron en este lugar donde, afirma, no existió en Guadalajara “un tribunal de ejecución, sino un tribunal en que los reos sospechosos de herejía eran juzgados para que se les sentenciara en la Nueva España, a donde eran enviados para su castigo”.
Con todo, queda aquí el origen de este espacio, convertido hoy en lo que corresponde a las instalaciones de El Informador, en cuyas salas y pasillos, dicen quienes laboran ahí, pasa en horas de la madrugada una sombra que se pierde en la distancia; así lo comentan a pesar de no haber tenido noticia de aquella señora de pueblo, envuelta en viejo mantón oscuro que llevaba el diario bastimento al guardián de aquel caserón primero.
Y no faltará hoy un pusilánime que, aun pasando por enfrente del actual edificio, diga sentir el aire frío, la niebla en penumbra, de lo que fue aquella finca destartalada, tan llena de historias y de inquietantes leyendas.
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