5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783

La vida de celibato es la donación de sí mismo

Publicado en web el 11 de Julio, 2008

• José de Jesús Ortega Montes. 3º de Filosofía

La diversidad de temas y actividades que se han vivido en el Seminario durante el curso escolar que culminó, precisa un recuento de los más destacados acontecimientos y asuntos, entre los cuales uno es de primordial trascendencia: el celibato, dada la forma de vida y el don que los llamados a la vida consagrada y sacerdotal pretenden llevar y recibir de Dios.

Aunque rodeado de mitos, nunca ha sido, y menos ahora, necesario abordarlo, de tal manera que entre los alumnos del Seminario Mayor se creó un espacio especial de diálogo y reflexión sobre este tema medular dentro de la formación sacerdotal.

Éste tuvo verificativo en el Teatro Juan Pablo II, donde participaron cuatro distinguidos ponentes: los doctores Alejandro Nava Zavala y Eduardo Cortez Franco, así como los formadores del Seminario, el Doctor en Teología Moral, Pbro. Ramón Salazar Estrada, y el también moralista, Pbro. José Carmen Toriz Rentería, quienes disertaron profundamente sobre este proyecto de vida, totalmente acorde e imprescindible para el ejercicio del ministerio sacerdotal.

La formación de un candidato al sacerdocio, se dijo, tiene que ser integral, indudablemente, y para ello es preciso que el joven que se prepara a recibir las Órdenes Sagradas se configure cada día más con Cristo, que fue plenamente hombre y vivió de una manera casta su vida.

Equilibrado ejercicio para una vida santa

En dicho pánel expositivo se aclaró que no es lo mismo castidad que celibato, ya que este último es un don concedido por Dios, que se adquiere mediante el ejercicio mismo de la castidad y de la oración. “Ser sacerdote exige la donación de sí mismo”, fue una de las motivaciones que el doctor Nava señaló: “Y para cuidar ese don, se necesita “amarrar las emociones”, pues éstas afloran en el espíritu del hombre, y si no las domina, ellas terminan por dominarle. Cuando esto sucede, sobreviene el fracaso de una vocación, lo cual es peligrosamente parecido a un aborto, porque se pierde un sacerdote en gestación o ya consagrado, que es un ser único, irrepetible e irremplazable”.

De ahí la importancia capital del ejercicio de la castidad para poder alcanzar -con la ayuda de Dios- el don del celibato, que exige el equilibrado ejercicio de la sexualidad. “Un sacerdote que vive para la Iglesia y que ofrece en el altar el Sacrosanto Sacrificio de Cristo tiene “hiperprohibido” tocar el otro altar -el de la vida-, donde sólo Dios puede crearla en el vientre de la mujer –concluyó exponiendo.

Las abundantes conclusiones y el estilo coloquial y familiar con que fue abordado el tema dejaron definitivamente motivados a los jóvenes oyentes para abrazar la vida célibe a la que Dios los invita y a renovar sus propósitos de servir, de una manera santa, a la Iglesia; servicio para el cual han recibido el llamado del mismo Jesús, para ser dignos sacerdotes y vivir como Él, que es precisamente lo esencial de esta vocación.

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