5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783
| Varios | Edición:

Caminemos juntos … al VI Encuentro Mundial de las Familias Los valores y su importancia en la formación de la persona

Publicado en web el 9 de Octubre, 2008

- Necesario identificar la naturaleza de los valores
- Impulsar, desde la familia, la vivencia de los mismos

Pbro. José Manuel Anceno Rivas

Bajo el lema “La Familia, Formadora en los Valores Humanos y Cristianos”, se llevará a cabo, del 13 al 18 de enero del próximo año, el VI Encuentro Mundial de las Familias (EMF), motivo por el cual la Comisión Central Coordinadora ha ofrecido a las Diócesis de México un material de estudio, reflexión y análisis que mucho ayudará en la preparación del evento; pero, sobre todo, en reactivar el conocimiento y la vivencia de los valores en el seno de la familia y de la sociedad en general. Semanario, a partir de este número, quiere acompañarlos en el caminar, que inicialmente puede parecer largo, aunque, estamos seguros, no lo será. Y siguiendo el refrán que dice: “Más vale paso que dure y no trote que canse”, empecemos por echar un vistazo a los Valores y su importancia en la formación de la persona.

¿Qué son los valores?

Los estudiosos del tema han definido el valor como “la cualidad y característica que hace buena a una persona. El valor es lo digno de ser apreciado, lo deseable y lo que se identifica con lo bueno o positivo y se orienta al ser y al buen hacer de la persona”. Junto a la anterior definición, encontramos la que se hace sobre la virtud; acepción clásica, porque viene del propio Santo Tomás de Aquino: “La virtud es una buena cualidad del alma, por la que se vive rectamente, de la cual nadie usa mal, y que, en el caso de las virtudes sobrenaturales, puede ser producida por Dios en nosotros, sin intervención nuestra”. Se puede decir que los valores son sólo propios de las personas humanas y de las sociedades que ellas forman.

Dimensión individual y social
de la persona

El ser humano, creado por Dios a su imagen y semejanza, está compuesto de cuerpo y alma espiritual. Es de todos sabido que la naturaleza humana cuenta con bienes y posibilidades de desarrollo, que constituyen los valores; éstos, no son procesos sino bienes naturales no adquiridos, dados por Dios al hombre para que los aproveche en su beneficio y en el de la sociedad. Es bueno que el hombre tenga una justa jerarquía, basada en su misma naturaleza, según lo cual lo espiritual es superior a lo corpóreo; por lo mismo, se dice que los valores religiosos ocupan el primer lugar por el fin que persiguen. Cada una de las criaturas de Dios contiene en su propia naturaleza una diversidad de bienes; es decir, valores. La persona humana, con ayuda de su razón, reconoce sus bienes, los valora, los estructura y los eleva a la dimensión sobrenatural al reconocerlos como dones de Dios.

Los valores forjan personalidades
maduras

“Para que haya un equilibrio personal y social, es fundamental la educación en los valores”. Lo ha señalado Javier Elzo, Catedrático de Sociología de la Universidad de Deusto (Bilbao, España), quien considera que hay unos valores básicos que debieran atravesar todas las edades de la educación formal, aunque adaptados a las capacidades de aprendizaje en cada momento. Entre ellos, señala la racionalidad, la competencia personal, la tolerancia activa, la solidaridad, la espiritualidad y el trabajar por la utopía de una sociedad más fraterna”. Es urgente que los padres de familia y los educadores vivan y transmitan los valores, para que los hijos y educandos sean capaces de juzgar, ordenar, jerarquizar y clasificarlos para aplicarlos a su vida, consiguiendo el forjar en sí mismos una personalidad madura.
 La humanidad encierra algo divino

En Memoria e Identidad (Conversaciones al filo del Tercer Milenio), el Papa Juan Pablo II  recuerda: “El hombre, desde el inicio, fue llamado a la existencia como imagen y semejanza de Dios y, por tanto, su humanidad encierra en sí algo divino. La humanidad del hombre puede ser ´cultivada´ también de esta manera sobrenatural”, y subraya el Pontífice: “Sólo mediante su inserción en la divinidad de Cristo el hombre puede realizarse en plenitud. Si rechaza esta inserción, se condena en cierto sentido a una humanidad incompleta”.

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