5 de septiembre de 2010
Año XII
No. 709
| Cultural | Edición:

Al paso de la luz

Publicado en web el 20 de Noviembre, 2008

Por Esegé

Ahora estamos en el lejano Temastián con su santuario como joya de guirnaldas en cantera de matices en todos los colores; él mismo como rosa de piedra en el desierto.

El lejano Temastián y la venerada imagen del Señor de los Rayos colocado como en un reloj eterno, en un redondel de metálicas luces que está marcando nuestra vida.

A la salida, la vendimia de todo lo que puede dar la región que, por lo que ofrece el buen señor, se reduce a canastas piscadoras, chiquihuites y sombreros de corte huichol.

Hay que jimar el carrizo, hay que ablandar las varas, hay que darles la curvación necesaria y entretejerlas en la medida y el modo de la función que tendrá el artefacto.

Si la artesanía pide el trabajo personal, la mano y la fuerza del artesano y también su ingenio y su buen gusto, estos chiquihuites deben ser tenidos como obra de mérito.

Luego del acto devoto ante la bendita imagen del Señor Crucificado, hay que ver las curiosidades del pueblo y, si se ofrece, cargar en el coche una canasta de Temastián.

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