Año Paulino Jesucristo Resucitado
Publicado en web el 20 de Noviembre, 2008
Benedicto XVI retomó en las audiencias generales de los miércoles la catequesis sobre San Pablo, centrándose esta vez en la enseñanza del ‘Apóstol de las Gentes’ sobre la “centralidad de Cristo Resucitado en el Misterio de la Salvación”.
Para Pablo, explicó el Papa, Cristo “es el principio para entender el mundo y encontrar el camino de la historia”. El ‘Apóstol de las Gentes’, prosiguió el Santo Padre, “no se preocupó de narrar los hechos aislados de la vida de Jesús”, pues “su intento pastoral y teológico, encaminado a la edificación de las comunidades nacientes, se concentraba todo en el anuncio de Jesucristo como Señor vivo y presente, ahora en medio de los suyos”.
La característica esencial de la cristología paulina, dijo Benedicto XVI, además del anuncio de Jesús “vivo”, es, sobre todo, “el anuncio de la realidad central, la Muerte y la Resurrección de Jesús como culminación de su existencia terrenal y como raíz del desarrollo sucesivo de toda la fe cristiana, de toda la realidad de la Iglesia. Para el apóstol, la Resurrección no es un hecho aislado, separado de la muerte: el Resucitado es siempre el Crucificado.
“El apóstol contempla fascinado el secreto escondido en el Crucificado-Resucitado, y a través de los sufrimientos de Cristo en su humanidad se remonta a la existencia eterna, donde Cristo es uno solo con el Padre”.
La Resurrección es la clave
Prosiguiendo su catequesis sobre la cristología paulina, el Sumo Pontífice abordó la importancia que el apóstol concede a la Resurrección de Jesús, como se evidencia ya en la primera Carta a los Corintios.
Explicó que en la Resurrección “estriba la solución del problema que plantea el drama de la Cruz. Sólo con la Cruz no se puede explicar la fe cristiana. El misterio pascual consiste en que el Crucificado ‘resucitó al tercer día, según las Escrituras’. Éste es el punto clave de la cristología paulina: todo gira en torno a este centro de gravedad”.
Pero “la originalidad de la cristología de San Pablo nunca se contradice con la fidelidad a la Tradición. El anuncio de los Apóstoles antecede siempre a la elaboración personal de San Pablo. Todos sus argumentos parten de la Tradición común, en la que se expresa la fe de todas las Iglesias, que son una sola Iglesia. De ese modo, San Pablo nos da también el modelo válido en todas las épocas de cómo se elabora la teología. El teólogo, el predicador, no crea nuevas visiones del mundo o de la vida; está al servicio de la verdad transmitida, del hecho real de Cristo, de la Cruz, de la Resurrección”.
La síntesis de la Salvación
“En la mañana de Pascua sucedió algo extraordinario y, al mismo tiempo, concreto, caracterizado por signos precisos, registrados por numerosos testigos. Para Pablo, como para otros autores del Nuevo Testamento, la Resurrección está ligada al testimonio de los que tuvieron una experiencia directa del Resucitado. Se trata de ver y oír no sólo con los ojos o los sentidos, sino también con una luz interior que lleva a reconocer lo que los sentidos atestiguan como dato objetivo. Pablo da una importancia fundamental al tema de las apariciones, que son condición para la fe en el Resucitado. Así se forma la cadena de la Tradición que, a través del testimonio de los apóstoles y de los primeros discípulos, llega a las generaciones sucesivas y a nosotros.
“El primer modo de expresar este testimonio -señaló el Obispo de Roma- es predicar la Resurrección de Cristo como síntesis del anuncio evangélico y como punto culminante de un itinerario salvífico”. Para el apóstol, la Resurrección asume una importancia capital, porque “consiste en que Jesús, elevado de la humildad de su existencia terrena, es constituido Hijo de Dios con potencia.
“Con la Resurrección comienza el anuncio del Evangelio de Cristo a todos los pueblos; comienza el Reino de Cristo, cuyo poder no es otro que el de la verdad y el amor. La Resurrección desvela definitivamente cuál es la identidad y la dignidad incomparable y altísima del Crucificado: Jesús es Dios, Señor de los muertos y de los vivos.
“En síntesis, el verdadero creyente se salva profesando, con la boca, que Jesús es el Señor, y creyendo, con su corazón, que Dios lo resucitó de entre los muertos. De este modo, se inserta en el proceso por el que el primer Adán, terrestre y sujeto a la corrupción, se transforma en el último Adán, celestial e incorruptible. Ese proceso comenzó con la Resurrección de Cristo”.
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