5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783
| Camino a la Santidad | Edición:

De los primeros Patronos San Clemente, Protector de Guadalajara

Publicado en web el 20 de Noviembre, 2008

A los tapatíos que nacimos y siempre hemos vivido en Guadalajara, no nos asustan las fuertes tormentas, características de esta ciudad y alrededores. Sin embargo, los guadalajarenses de épocas pasadas, desconocedores de los fenómenos metereológicos, tenían  otra actitud ante las intensas lluvias que todos los años caían en esta región.

Profa. Raquel Guadalupe Núñez Rojas

Cincuenta años después de haberse asentado definitivamente en el Valle de Atemajac, Guadalajara era una ciudad pequeña, que no dejaba de ser víctima de calamidades. Una de las principales que sufría cada año, era la abundancia de descargas eléctricas de la atmósfera. Como no había pararrayos, los tapatíos continuamente eran víctimas de las fuerzas de la Naturaleza durante el temporal de lluvias. Además, no faltaban epidemias y plagas de insectos ponzoñosos que diezmaban la población.
Frente a tales calamidades, los sencillos y cristianos habitantes de aquella Guadalajara del Siglo XVI no encontraban otra defensa que recurrir a la protección del Cielo. Por ello, el 18 de agosto de 1592, el Cabildo Catedralicio de Guadalajara decidió buscar, para la naciente ciudad, un protector celestial que los amparara contra esas calamidades, principalmente rayos y tempestades, según narra el Canónigo J. Jesús Jiménez López, ilustre historiador, ya fallecido.
La manera de encontrarlo fue con un hondo sentido providencialista de los acontecimientos. Se haría una rifa entre todos los santos del Calendario Romano, de donde  se sacarían tres candidatos y entre éstos se elegiría uno. Fue el 24 de agosto de ese mismo año, en la fiesta del Apóstol San Bartolomé, que se hizo la rifa tras la celebración de la Misa Mayor en la Catedral con gran solemnidad. En ella resultó como Protector de Guadalajara, San Clemente, Papa y Mártir. Y así, luego de aceptar el designio, se dio gracias entonando un solemne Te Deum.

Promesa de honrar al protector

Una vez encontrado de esa manera el Santo Protector de la Ciudad, las autoridades civiles y eclesiásticas se comprometieron a honrarlo cada año en su fiesta con procesión por las naves de la Catedral y se decidió construirle un retablo y esculpirle una imagen. Se nombraron colectores de limosnas para realizar lo determinado. Fueron cuatro las personas nombradas para estos menesteres: dos del Cabildo Eclesiástico y dos de las autoridades civiles. Se pensaba que si se llegaba a colectar suficiente limosna se levantaría una capilla a San Clemente, en el perímetro de la ciudad; no se llegó a realizar ese deseo, pero sí el de levantarle un altar en la Catedral y hacerle una imagen. También se le celebró su fiesta, año tras año, con gran solemnidad.
Al crecer la devoción a San Clemente en Guadalajara durante el Siglo XVII, afirma Ignacio Dávila Garibi, se fundó importante Cofradía en su honor, promovida por  don Martín Peredo, Relator de la Real Audiencia de Guadalajara. También a instancias de don Francisco Casillas y otros vecinos de la ciudad, se fundó, en la capilla del Convento de Santo Domingo, una Cofradía de San Clemente. Dicha cofradía fue aprobada por el Obispo Juan Duque de Estrada.

Guadalajara en el Siglo XVIII

Así narra Matías de la Mota Padilla en su Historia de la Conquista de la Nueva Galicia” (1742), cómo se imploraba en aquella época la protección del Santo Patrono: “Al desatarse las tormentas, se inicia el repique con la campana de San Clemente, que secundaban todas las iglesias…. Los habitantes se arman de penitencia, los eclesiásticos con sus cruces conjuran la tempestad; los religiosos en sus conventos se unen en sus oraciones y en comunidad hacen frente al enemigo…. Aterrorizados todos los fieles, armados con cruces y palmas benditas, piden a voces misericordia…”
La campana de San Clemente  es una de las 19 que alberga nuestra Catedral. Fue fundida en 1769 y pesa aproximadamente, 80 arrobas. Se tañía cuando se aproximaba una tormenta tempestuosa, cargada de rayos.
…¿Por qué, ahora que la ciudad crece desmesuradamente, y por eso se tienen que construir templos y templos, no se ha dedicado uno a San Clemente?”, reclamó un día el Canónigo J. Jesús Jiménez López, de grata memoria.

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