Donde está el amor, está dios
Publicado en web el 20 de Noviembre, 2008
Juan López Vergara
Nuestra Madre Iglesia cierra el año litúrgico con un pasaje del santo Evangelio que revela el Día del Juicio Universal, cuando contemplaremos el triunfo y la gloria de Jesucristo, y nuestro destino se decidirá de acuerdo a la actitud con que nos hayamos comportado con nuestros hermanos más pequeños, en quienes Cristo nos muestra su rostro (Mt 25, 31-46).
Jesucristo en el sacramento
del pobre
El texto es importante, por ser el último antes del Relato de la Pasión. Se inicia con la descripción de un magnífico escenario que presenta a Cristo como Juez Universal, quien se sienta en su trono de gloria para impartir justicia mediante la imagen de un pastor, que “aparta a las ovejas de los cabritos, y pondrá a la ovejas a la derecha y a los cabritos a la izquierda” (vv. 31-33). El relato parabólico integra dos diálogos entre los examinados y el Juez, que ahora es presentado como Rey. Estos diálogos nos permiten comprender la sentencia al enumerar las obras de amor que unos practicaron y otros rehusaron (véanse vv. 34-45); con la novedad de que al final de cada diálogo el Rey asegura: “Cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron” (v. 40; v. 45). El Cardenal Carlo Martini destaca que “lo importante no es tanto la ignorancia, cuanto la razón final; toda la escena va dirigida para hacer entender la verdad fundamental: la relación del hombre con el Hijo del hombre se juega en la relación entre el hombre y el hombre”. El juicio se sustancia en las obras de misericordia hacia los marginados en el mundo: los más pequeños entre los hermanos de Jesús. En la conclusión, el Rey afirma que aquellos que hicieron de su vida el centro de todo, serán excluidos, al contrario de quienes eligieron vivir en beneficio de sus hermanos (véase v. 46). El santo Concilio propone el pasaje como fundamento del amor universal al prójimo (GS, 27, 2), porque al margen del sacramento del pobre no hay camino hacia Dios, pues el amor a Dios no puede expresarse sino en el amor al prójimo.
La Encarnación continúa
Tolstoi escribió un hermoso relato, en el que un zapatero llamado Martín Avdejich, entristecido, lamenta la muerte de su único hijo, pero escucha la voz de Cristo que promete ir a visitarle al día siguiente. Martín se pasa el día aguardando. Llegó primero un anciano, agotado de quitar la nieve en la calle; luego, ateridos de frío, la esposa de un soldado con su crío, y también una anciana que discutió con un rapaz por haberle robado una manzana. Martín habló con ellos y les dio de beber y de comer. Estas tres personas eran Cristo, pero Martín se percató hasta en la noche que leyó el referido texto mateano. Cristo se hace presente en los pobres: su encarnación continúa allí donde tendemos nuestra mano al hermano necesitado, porque: donde está el amor, está Dios.
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