Dos notas distintivas de San Margarito Flores
Publicado en web el 13 de Noviembre, 2008La pobreza no es una afrenta cuando ha servido de forja para modelar un carácter. Habrá quienes se envilezcan en el delito o en el crimen, inducidos por su precaria economía, mas no fue ese el caso de Margarito, hijo de Germán Flores y Merced García, matrimonio de apretada situación económica, avecindado en la bellísima ciudad de Taxco, en el Estado de Guerrero
Muy acendrada era la fe de los moradores de ese mineral, ayer y hoy famoso por sus vetas argentíferas y sus orfebres, no menos que por sus joyas arquitectónicas, heredadas de los tiempos de la dominación española, en particular el Templo de Santa Prisca, relicario del estilo barroco en Hispanoamérica, en cuyo altar mayor celebró su Primera Misa el futuro mártir.
Hacia el Sacerdocio
Adolescente -había nacido en 1899-, Margarito, de oficio peluquero, ingresó al Seminario Conciliar de Chilapa en el año de 1915, en cuya capilla recibió, nueve años más tarde, el Sagrado Orden del Presbiterado, de manos de su Pastor, don José Guadalupe Ortiz, quien, por cierto, egresó del Clero de Guadalajara.
Pese a las carencias, logró sacar adelante sus estudios y recibió la ordenación sacerdotal en la Capilla del Seminario de Chilapa el 5 de abril de 1924. Celebró su Primera Misa Solemne en su ciudad natal, Taxco de Alarcón, Guerrero, en la Parroquia de Santa Prisca y San Sebastián, el 20 de abril de 1924.
Sus pininos en el ministerio
Serio, atento y amable, un tiempo fue Superior en el Seminario. Después de haber servido como Vicario Parroquial en varios destinos, debió trasladarse a la Ciudad de México cuando la persecución religiosa desgarró la suerte de los católicos en prácticamente toda nuestra Nación.
Su celo apostólico le impidió vivir mucho tiempo en aquella capital. Pidió un destino ministerial para servir de cerca de los suyos, y se le nombró Párroco de Atenango del Río, Comunidad a la que intentó llegar.
Hacia la gloria de los testigos
La Providencia, sin embargo, dispuso que el joven clérigo se sumara al Ejército de los Mártires y le condecoró con la entereza y la hombría de bien para no doblegarse ante la brutal agresión de sus verdugos no bien llegó a su meta, donde, además de sufrir captura por indignos miembros del Ejército Federal, fue despojado de casi toda su indumentaria, y maniatado y descalzo, debió recorrer, al paso de las cabalgaduras de sus verdugos, una gran distancia, sufrir la incuria del clima torrencial, del hambre y de la sed, pues parte de su tormento consistió en privarlo de alimentos. La única concesión que se le hizo fue elegir el sitio donde sería tiroteado y recogerse en oración, antes de ingresar a la Gloria, el 12 de noviembre de 1927. Uno de sus victimarios se acercó a él para pedirle perdón: “No sólo te perdono, también te bendigo”, recibió por respuesta.
Pese a que sus restos fueron tirados en una fosa común, pudieron luego reconocerse y, con los años, ser depositados en donde a la fecha se veneran: el Santuario del Señor de Ojeda, en su natal Taxco, a unos pasos de la casa paterna, donde discurrió su infancia.
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