5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783
| Familia y Salud | Edición:

Quien ama, no se equivoca Podemos ser mejores cada día

Publicado en web el 20 de Noviembre, 2008

Suelen ser equivocados, en general, los enfoques que se dan a los acuciantes problemas sociales, como también erróneas las supuestas soluciones que se ofrecen, pues casi siempre prescinden del amor, la justicia y el respeto como base de cualquier consideración humana y social

Rosa Luz Gómez de Ruiz
Maestría en Ciencias de la Familia

El vivir en un mundo donde es común juzgar mal al prójimo, donde se rechaza la opinión ajena, donde la libertad del otro se atropella sin respeto, donde se afirma que “quien no transa, no avanza”, nos mueve a hacer una reflexión profunda, de la cual se podría concluir: “Este mundo sería mejor si YO mejorara un poco cada día”. Esto, sin duda, es difícil conseguirlo, pues se requiere  voluntad, perseverancia, constancia, perdón  y mucho amor; pero de ninguna manera resulta imposible.
La  fuerza no proviene de la capacidad física, material, política, económica de cada individuo, sino del poder de su  voluntad, con la cual sí se puede lograr una mejoría, poniendo en juego las cualidades y reconociendo a la vez las debilidades, a través de un arduo trabajo cotidiano.

Son mayoría los bienintencionados

Ante esto, cabe preguntar: ¿Qué mundo podríamos heredar a nuestros hijos y nietos si todos los seres humanos estuviéramos unidos contra el Mal, teniendo en cuenta que es mayor el número de personas que buscan el Bien para sí y para sus prójimos que aquéllos que procuran el Mal? El Bien siempre se podrá encontrar cuando se busca el bien común, y en cambio será difícil de hallar  cuando su búsqueda obedece a impulsos egoístas e individuales, y menos lo encontrará aquél que busque hacer daño a otro.
Quizás muchas veces podremos salir derrotados en la lucha por conseguir un mundo mejor, pero nunca deberemos de renunciar al empeño de tratar de mejorar, para el bien de nuestros hijos, este mundo  mediocre y destructivo, y mucho menos mostrar cobardía o pusilanimidad ante el trabajo que esto presupone.

Hay un antídoto infalible

Para ello existe una excelente herramienta: El amor, que es una manifestación de la donación; y es, el amor, aquéllo que nos impulsa a ocuparnos desinteresadamente por el bienestar de los demás, empezando por el de nuestra propia familia, sabiendo que una familia donde impera el amor, es la primera que aprende a vivir ese amor de entrega que procura el bienestar del otro, por encima del propio.
Hay que aprender y hay que enseñar a compartir ese amor; esto es, así  como dos árboles juntos comparten la misma tierra y los dones de la Naturaleza y a la vez se enriquecen el uno al otro con su frondosa sombra y cobijo, así los seres humanos pueden ayudarse a crecer y a fortalecerse compartiendo sus fuentes de energía retroalimentándose mutuamente.
Cuando el amor de los padres es cultivado, cuando se refuerza recíprocamente con el trabajo, el respeto, este amor se desborda en los hijos, y éstos, a su vez, podrán infundirlo en la sociedad en que vivan o en la comunidad que les rodee, mejorando su entorno.
Es necesario, pues, que tengamos y pongamos en práctica nuestro proyecto a futuro; que nos preguntemos: ¿Qué huella puedo yo dejar de mi paso por este mundo?, ¿cómo quiero que los míos me recuerden cuando me vaya?, ¿cómo podré  trascender? Cualquiera que sea la respuesta a estos interrogantes, siempre habrá que tomar en cuenta que si se trata de una réplica positiva, tendrá que estar inspirada por Dios, en las enseñanzas de Cristo y su doctrina, cuyo mandato esencial es, como queda señalado, el amor y la fidelidad. Practicando estas virtudes cotidianamente, y estando conscientes de que aquél que ama jamás se equivoca, y que, como señalara la Madre Teresa de Calcuta: “Es necesario amar hasta que duela”. Es así como lograremos construir o cuando menos contribuir a la existencia de un mundo cada vez mejor.

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