Una luz del Cielo…Hch 9,3 Pablo de Tarso, al Mundo
Publicado en web el 20 de Noviembre, 2008Estos siete temas próximos, “Pablo de Tarso, al Mundo”, son una propuesta para que viajemos juntos con el Apóstol en un itinerario que nos llevará por los lugares que él recorrió hasta su muerte, y que nos ayudará a conocerlo y redescubrir el contenido de su mensaje
Esta aventura de Pablo, que comienza en Tarso desde su nacimiento hasta su conversión, está marcada por el crucial encuentro con Cristo y constituye un sorprendente episodio, no sólo para Pablo sino para todo el mundo cristiano.
Respecto a esto, seguramente hoy muchos nos preguntamos: ¿Qué sentido tendrían las palabras pronunciadas por aquel joven al decir “Todo es nuevo en Cristo”? ¿Qué significaría para el tejedor de tiendas de campaña aquel mensaje de Jesús que habría de impregnar toda su existencia de manera tan intensa que hasta llegaría a entregar su vida por ello? ¿Cómo condicionaría cada momento de su vida aquella pregunta: “¿Por qué me persigues?”, hasta hacerlo llegar infatigablemente a todos los lugares posibles difundiendo la Palabra?
De Tarso a Damasco
La experiencia de Saulo en camino a Damasco abarca dos lugares de suma importancia: Tarso y Jerusalén.
Hablando de Tarso, sabemos que en aquellos tiempos esta ciudad fue de grande movimiento portuario; un lugar repleto de tiendas y arsenales, de tránsito para todo género de mercaderes que hablaban diversos dialectos, que navegaban por las costas del Mediterráneo y trasegaban sus mercancías de un lugar a otro por aquellas tierras surcadas por el Río Cidno, en tanto que a sus alrededores pululaban pastores con sus rebaños, marineros y toda clase de personas interesadas en compras, ventas e intercambios. Mas, al mismo tiempo, Tarso era una ciudad cosmopolita y culta, capaz de competir con Roma y Alejandría.
La tradición musulmana afirmaba que esta ciudad había nacido con un hijo de Adán, y la historia confirma que aquí residieron Alejandro Magno, Marco Tulio Cicerón, Gobernador de la Cilicia, y que ahí Marco Antonio encontró a Cleopatra, Reina de Egipto. En esa gran urbe nació, pues, Saulo; ahí creció y pasó los primeros años de su juventud, entre el trabajo con su padre y los negocios, hasta que llegó el día en que el joven decidió marcharse a Jerusalén.
El centro del pueblo hebreo
Por otra parte, Jerusalén era, asimismo, en tiempos de Jesús, hermosa y desarrollada; era el centro mismo del judaísmo y fue allí donde Saulo se trasladó para continuar su preparación cultural y el aplicado estudio de las Sagradas Escrituras, para lo cual diariamente acudía a la escuela del Rabbí Gamaliel (conocido como “El griego”). Convirtió la Torá en el objeto principal de su atención; en ella se centraron sus lecturas, memorizaciones, interpretaciones y el ejercicio de la transmisión oral, conocimientos que eran imprescindibles para un fariseo; algo tal vez difícil de comprender para un no judío.
Desde la construcción moral transmitida por Gamaliel a través de la Torá, Pablo fincó las bases de su futuro cristianismo, aun sin saberlo.
Y en aquella Jerusalén donde los judíos celosos defensores de la tradición ante cualquier asomo de corrupción lapidaron a Esteban, y es muy posible que Saulo estuviera entre los que aprobaron su muerte.
Sin embargo, escarmientos como éste no bastaban; era necesario -aducían los ortodoxos del judaísmo- perseguir a aquellos impostores que se decían cristianos, seguidores de la nueva secta fundada por el nazareno muerto en la cruz, y que según afirmaban, había resucitado y estaba vivo. A esos había que perseguirlos incluso en ciudades extranjeras; apresarlos y eliminarlos.
Esto era considerado un deber moral para cualquier judío observante que, como Saulo, quien había sido circuncidado al octavo día, que pertenecía orgullosamente a la estirpe de Israel y que vivía su religión con apego estricto a la Ley Mosaica, no debía tolerar desviación alguna.
Y así sucedió que, cabalgando en camino a Damasco con la intención de ayudar a erradicar esa naciente secta de cristianos, acaeció el milagro de la luz cegadora, del derribo de la montura y de la voz que procedía del Cielo interrogando: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. Esa será la Voz, que a partir de ahí, será la única que el Apóstol obedezca hasta el día en que entregue su alma en las manos del Señor.
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