Valor a toda prueba La ofrenda suprema de San Pedro Esqueda Ramírez
Publicado en web el 28 de Noviembre, 2008“-Ahora ya estarás arrepentido
de ser cura.
-No, ni un momento, y poco
me falta para ver el Cielo”.
[Palabras cruzadas entre uno de los verdugos y el sacerdote mártir]
Pbro. Tomás de Híjar Ornelas
La Pasión de Cristo, actualizada por un ministro sagrado de ascendencia india y cepa alteña, que recorrió el último jirón de su vida con serenidad y hombría de bien.
Cuando San Juan era chiquito…
Como de sobra se conoce, la primitiva evangelización de lo que se llamó la Nueva Galicia tuvo dos etapas. La segunda comenzó en el año de 1542, cuando se establecieron o se refundaron pueblos y aldeas de indios, tanto con los aliados tlaxcaltecas como con los insurrectos caxcanes, cocas y tecuexes, estos últimos antiguos lugareños de lo que pasó a llamarse San Juan Bautista de Mezquititlán, y a partir del siglo XVII, San Juan de los Lagos.
De cepa india y clase social baja eran los esposos Margarito Esqueda y Nicanora Ramírez, a quienes les nació, el 26 de abril de 1887, un niño, al cual bautizaron al día siguiente, imponiéndole el nombre del santo de ese día, el religioso mercedario san Pedro Armengol.
Por cierto, de este San Pedro se sabe que antes de su conversión llevó una vida deshonesta y delictiva, pues formaba parte de una gavilla de salteadores de caminos. En una emboscada estuvo a punto de asesinar a su padre, episodio que lo marcó profundamente. Obtuvo un indulto, y durante mucho tiempo pidió, sin lograrlo, la admisión a la recién fundada Orden Militar de la Merced. Cuando pudo hacerlo, se consagró a rescatar cristianos esclavizados por los musulmanes, tarea que casi le costó la vida en el año de 1266. No murió, pero sí arrastró en su salud secuelas graves durante los restantes cuarenta años de su vida.
Indio entre criollos
Ser descendiente de indios y pobre en una ciudad que con el tiempo fue ocupada por criollos o mestizos de raza blanca, era materia de discriminación, la cual conocería Pedro Esqueda durante su infancia. Sin embargo, tal fue el crisol donde la Providencia dispuso se depurara el carácter del joven y se fuera fraguando su conversión.
Pupilo desde los seis años de la “escuela del Santuario”, formó parte de la escolanía y del grupo de monaguillos de la Colegiata de Nuestra Señora de San Juan. Concluida la primaria, su padre lo destinó a obrero en un taller de zapatos. No mucho después, a petición suya, ingresó a la Escuela Apostólica y posteriormente al Seminario de Guadalajara, a cuya Casa central llegó más o menos por estas fechas pero hace un siglo, en noviembre de 1908, cruzándose en el camino con Anacleto González Flores, quien iniciaba en tal año los estudios humanísticos en el Seminario Auxiliar de San Juan.
Su servicio ministerial debió desempeñarlo en un contexto de inseguridad y persecución religiosa. Salvo esporádicas treguas, desde el 19 de noviembre de 1916, fecha de su ordenación presbiteral, que debió realizarse en la clandestinidad, hasta la de su martirio, probó la hiel de la inseguridad jurídica.
Caso raro en su ministerio, sólo tuvo un destino, y caso todavía más extraño, ese destino fue su parroquia de origen, San Juan Bautista, con atención al Seminario Auxiliar de esa población. Cantó su primera Misa a los pies de Nuestra Señora de San Juan, y durante once años sirvió con especial celo y edificación de los fieles a sus paisanos.
Pastor a carta cabal
Muchas prendas tuvo su ministerio: devoto del culto eucarístico y de la catequesis infantil; abnegado y humilde en su tiempo y forma de vivir; deseoso de hacer la entrega de su vida por Cristo. No fue temerario ni imprudente. Cuando la persecución hizo imposible su estancia entre los suyos, planeó una salida para el 18 de noviembre de 1927. Ese mismo día, un Judas lo entregó; los soldados lo arrestaron en el escondrijo que una familia de apellido Macías cavó en una de las salas de su casa, toda vez que hasta ese momento el ministro se resistía a abandonar a su suerte a los católicos de San Juan.
No le doblegaron el tormento de cuatro días en un calabozo, donde sufrió vejaciones sin cuento; la fractura de un brazo, ocasionada por sus verdugos, ni la caminata que debió recorrer, como manso cordero al que llevan al matadero, jinete al lado de las cabalgaduras de sus verdugos y al trote de éstos, hasta el lugar donde fue tiroteado por un cobarde asesino de apellido Santoyo, y que en ese tiempo manchaba al Ejército Nacional con el rango de Teniente Coronel. De tan perverso sujeto se sabe que su plan era quemar vivo al presbítero; pero no fue posible, por la lesión del brazo de éste, lo cual le imposibilitó cumplir la voluntad de Santoyo, quien lo orillaba a trepar el tronco de un árbol de mezquite, cuyas ramas servían de depósito de pastura o almiar. Cerca del poblado de Teocaltitán, en el Municipio de San Miguel el Alto, entre la una y las dos de la tarde del 22 de noviembre de 1927, las puertas de la gloria de abrieron para él. Ahora sus reliquias se veneran en el templo parroquial donde fue acogido como hijo de Dios y donde, más tarde, durante una década, prestó sus servicios.
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