5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783
| Cultural | Edición:

Al paso de la luz

Publicado en web el 4 de Diciembre, 2008

Por: Esegé |

Mi abuelito Dionisio es llamado y muy querido en la familia con el nombre de Nicho, o don Nicho, o mi abuelito Nicho, a quien todos tenemos gran afecto y respeto.
Tardes del invierno en el pueblo, con sus cielos empañados, como si sobre el limpio azul alguien hubiera espolvoreado, a las escondidas, puñados de polvo blanco de harina.
Las rachas del frío sobre el cielo, los vientos que cortan y punzan la carne, y el silencio de barbechos después de la cosecha, con sus ringlas de manojos de milpa seca.
Mi abuelito Nicho no le huye al frío ni a los vientos helados ni al rocío ni a la escarcha que blanquea el zacate, y sale todos los días a recorrer sus tierras de cultivo.
Dice que hay que amar la tierra y sentirla en su aliento de vida, esa vida que esconde en su entraña, esa vida que convierte cada año en alimento para nuestro pueblo.
Que la tierra sienta el cariño del hombre, que la tierra sea besada por la planta del hombre que le trasmite así el latido de su sangre, latido que ella devuelve en la cosecha.

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