5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783
| Cultural | Edición:

Al paso de la luz

Publicado en web el 26 de Diciembre, 2008

Por: Esegé |

Lo dejaron olvidado en la ladera, en el silencio de las mañanas frías, en el ardor de largas tardes de verano, al ventarrón que en febrero viene brincando desde la barranca.
Este es un roble, árbol de cumbres altas, capaz de medir su vida en centurias, siempre verde, siempre cantando, siempre luciendo una fortaleza que no tiene igual.
Pasa el tiempo y sigue él mismo, llegan y se van las generaciones y él se mantiene firme en  tierra dura, pedruscos hirientes; los vientos sacuden su fronda y no la vencen.
Antes hubo aquí un bosque espeso de muchos robles que se daban la rama unos a otros, y todos entonaban un alegre himno al paisaje, un encendido canto a la Naturaleza.
Llegó, un día, torva mano asesina de uno, de muchos hombres, en ánimo de talar aquel bosque, sin escuchar su gemido de dolor, sin oír la queja de sus ramas desgajadas.
El árbol quedó desamparado en la ladera, como se queda una gente sola en la vida… Cuántos seres humanos tienen qué gustar el acíbar amargo de la soledad, del abandono.

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