04 de Noviembre de 2018
Año XX
No. 1136
| Tema de la Semana | Edición:

José Garibi Rivera, el Cardenal en tiempos de paz – La púrpura tapatía

Publicado en web el 11 de Diciembre, 2008

Mónica Livier Alcalá Gómez

Los Cardenales son los electores del Papa en la Iglesia Católica de Rito Latino. Inicialmente, al Obispo de Roma lo elegían los romanos; después fueron los párrocos de Roma.

A raíz de situaciones controvertidas en la Edad Media, se decidió que los Cardenales fuesen también Obispos de otras partes del mundo; en aquel tiempo, principalmente de dos naciones: Francia e Italia. Tradicionalmente los Cardenales eran elegidos de entre los Obispos que tenían mayor ingerencia en la Curia Romana, que es el organismo que ayuda al Papa al gobierno de la Iglesia Universal. También hubo Cardenales de Estado, de manera que países como Alemania, Francia, España y un tiempo Inglaterra, tenían un Cardenal de Estado; esto es, un representante directo del Papa en el país.

“Los cardenales, hoy en día, son representantes de la Iglesia ante la Sede Apostólica. Siguen siendo electores del Papa, pero ahora el título se les confiere a quienes, de alguna manera, sea por su carácter episcopal, por la importancia de la sede que encabezan, por sus cualidades intrínsecas o por el oficio que prestan ante la Curia Romana”, refiere el Pbro. Tomás de Híjar Ornelas, Historiador y Cronista Diocesano, entrevistado por Semanario para este tema.

Un Cardenalato para un Obispo mexicano se tuvo a partir del 15 de diciembre de 1958, cuando el Papa Juan XXIII elevó a este rango, con el título de Presbítero de la Iglesia de San Onofre en Roma, al Arzobispo de Guadalajara, Don José Garibi Ribera.

 Garibi Rivera nació el 30 de enero de 1889 en Guadalajara, Jalisco. A la edad de 11 años ingresó al Seminario Conciliar de esta ciudad. Fue ordenado sacerdote por el cuarto Arzobispo de Guadalajara, José de Jesús Ortiz y Rodríguez, en la ahora extinta Iglesia de Nuestra Señora de la Soledad, que se ubicaba al lado de la Catedral Metropolitana. Fue enviado a Roma a completar sus estudios y regresó con el título de Doctor en Teología y Bachiller en Derecho Canónico.

Instalado en su ciudad natal, se encontró con un panorama desolador, pues se iniciaba aquel grave conflicto entre la Iglesia y el Estado, conocido como “La Cristiada”. En medio de éste, su entrañable Maestro y Pastor, el Arzobispo Francisco Orozco y Jiménez, lo destinó a Totatiche, de 1916 a 1917, donde aprendió al lado del futuro mártir de la persecución religiosa, San Cristóbal Magallanes Jara, la abnegación y fidelidad a toda prueba.

Orozco y Jiménez fue probando la prudencia y capacidad pastoral del Padre Garibi en diferentes cargos, uno de los más importantes como Secretario de la Sagrada Mitra, en el cual se desempeñó como su cercanísimo colaborador en los momentos más difíciles del conflicto religioso y en el mismo exilio del Prelado, hasta que finalmente, en 1929, el Papa lo nombró Obispo Auxiliar y en 1934 Arzobispo Coadjutor de Guadalajara, por lo que al fallecer Orozco y Jiménez, la responsabilidad de gobernar nuestra Arquidiócesis recayó totalmente sobre sus hombros. Recibió la imposición del palio el 12 de agosto de 1936 de manos de Don Ignacio Plascencia y Moreira, Obispo de Zacatecas.

 “El Cardenal Garibi, durante el tiempo de su pontificado -de 1933 a 1969- fue un artífice en la reconciliación de la muy confrontada sociedad jalisciense. Sentó las bases de una nueva era donde se terminarían de cerrar las heridas y las fricciones que existieron en diferentes ámbitos sociales”, relata el Padre De Híjar Ornelas, quien considera que se pueden resumir en tres, las principales características de su administración:

 Fue un conciliador que consiguió limar las asperezas entre los distintos miembros de la Sociedad, lo que dio lugar a una alianza de colaboración entre figuras de la talla de don Efraín González Luna (el intelectual), J. Jesús González Gallo (el político), e Ignacio Díaz Morales (el urbanista).

Puso atención esmerada en la administración de los Sacramentos y la “cura de almas”. No escatimó recursos para lograr restaurar y construir las Casas del Seminario y enriquecer el nivel cualitativo del Clero de Guadalajara.

“Es importante resaltar que el monumento que perpetúa su memoria es el Templo Expiatorio, considerado como su grande obra material, y al pie del cual se encuentra una escultura que recuerda la distinción de la que fue objeto hace 50 años: La imposición del Capelo Cardenalicio”, concluye el Padre Tomás.

Su testimonio de vida

 “Su estilo personal de vida era austero. Satisfacía sus necesidades con muy poco. Se adaptaba a las circunstancias. Comía lo que le sirvieran y dormía donde pudiera. Su más de 20 años en compañía del permanentemente perseguido Arzobispo Francisco Orozco le formó un carácter recio ante el sufrimiento y desprendido cuando se trataba de ayudar a los demás. (Marcos Arana Cervantes, “Después de la tormenta”).

 Sabía escuchar

 Muchas veces comisionaba a sacerdotes de su confianza para que atendieran personalmente casos difíciles de fieles que acudían a él en busca de consejos y consuelo. Nunca se quedaba con los brazos cruzados ni se limitaba a oír en confesión o en plática a quienes se acercaban a pedirle ayuda. (Marcos Arana Cervantes, “Después de la tormenta”).

 

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